Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 443 de 478

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Un buen partido

18.17

Tanto había turbado a Lata su encuentro con Kabir —pero ¿cuándo no la había turbado encontrarse con él?, se preguntó— que dio un largo paseo hasta el baniano. Se sentó sobre la raíz grande y retorcida, recordó su primer beso, leyó algo de poesía, dio de comer a los monos y cayó en un ensueño.

Los paseos son mi panacea, pensó amargamente; y el sucedáneo para cualquier decisión.

Al día siguiente, sin embargo, tomó una decisión de lo más radical.

El correo de la mañana le trajo dos cartas. Se sentó en la galería, con su espaldar de jazmín amarillo, y abrió ambos sobres. La señora Rupa Mehra no estaba en casa cuando llegaron, pues de otro modo habría reconocido la caligrafía de los dos sobres y hubiera exigido conocer las noticias que contenían.

En el primer sobre se podían leer ocho líneas y un encabezamiento, todo ello escrito a máquina y sin firma.

UNA MODESTA PROPOSICIÓN

Al pedirme algo en letras de molde,

me permitirás que te envíe estas líneas

imbuido por la esperanza de que puedas

tomarte en serio lo que escrito queda.

La lejanía olvidemos

al permitir la cercanía de nuestros corazones

hasta que queden tan cerca como

acrósticamente en este poema estamos.

Lata se echó a reír. El poema era un poco trivial, pero estaba escrito con habilidad y era completamente personal, y eso le agradó. Intentó recordar exactamente lo que ella había dicho; ¿de verdad le había

pedido que se lo pusiera en letras de molde o simplemente le había dicho a Amit que de otro modo no se lo creería? ¿Y hasta qué punto iba en serio su «modesta» proposición? Tras pensárselo, le pareció que debía tomarla en serio; y, como resultado, el poema fue un poco menos de su agrado.

¿Habría preferido que fuera decididamente melancólico y apasionado, o que simplemente no lo hubiera escrito? ¿Acaso una proposición apasionada hubiera encajado con el talante de Amit, o al menos con el talante de que hacía gala ante ella? Muchos de sus poemas estaban lejos de ser ligeros en ningún sentido de la palabra, pero parecía como si le ocultara a Lata esa faceta de sí mismo, temiendo que ella, al ver ese lado sombrío, cínico y pesimista, se asustara y acabara rehuyéndole.

Y aun así, ¿qué había dicho él del poema de Lata, de aquellos versos desgarrados que había titubeado en mostrarle? Que le había gustado...

aunque dando a entender que sólo como poema. Si él desaprobaba la melancolía, ¿por qué se dedicaba a la poesía? ¿Acaso —al menos en su propio interés— no le iría mucho mejor en una profesión práctica como la abogacía? Aunque a lo mejor tampoco desaprobaba la melancolía en sí misma, sino sólo el infructuoso regodearse en ella..., acusación, admitió Lata, que bien podía imputarse a su poema. Estaba claro que la infelicidad o desazón de los poemas más profundos de Amit no correspondían a su comportamiento cotidiano, sino a determinados momentos de intensidad emocional. Y a pesar de todo, Lata tenía la intuición de que las altas colinas rara vez se alzaban directa y aisladamente de las planicies, y que debía de existir alguna conexión orgánica más profunda entre el poeta de «El cuco pálido» y Amit Charrerji, tal como ella le conocía, que la que el propio Amit quería hacer creer a los demás.

¿Y cómo sería la vida en común con un hombre así? Lata se puso en pie y paseó inquieta por la galería. ¿Cómo podía tomarle en serio, a él, el hermano de Meenakshi y Kuku, su amigo y guía en Calcuta, el proveedor de piñas, el castigador de Cuddles? No era más que Amit..., intentar imaginarle como marido era algo absurdo, y la sola idea le hizo sonreír y negar con la cabeza. Volvió a sentarse, leyó de nuevo el poema, y, por encima del seto, dirigió la mirada al campus, donde

distinguió el inclinado techo de pizarra de la sala de exámenes. Se dio cuenta de que ya se sabía el poema de memoria, al igual que el anterior acróstico que Amit le había escrito, y que «El cuco pálido» y otros poemas. Sin que tuviera la menor intención de aprendérselos, se habían convenido en parte de ella,

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