Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 128 de 478

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Un buen partido

7.15

El Parlamento Chatterji (incluida Kakoli, a quien no le resultaba fácil despertarse antes de las diez) se reunió al día siguiente para el desayuno.

Nada dejaba adivinar que la noche anterior se hubiera celebrado una fiesta. Habían desatado a Cuddles y éste volvía a ser un azote para el mundo. Dichoso, había estado dando saltos por el jardín y perturbando las meditaciones de Dipankar en la pequeña cabaña que éste se había construido en un rincón del jardín. Cuddles también había desenterrado unas cuantas plantas por las que Dipankar sentía un gran aprecio.

Dipankar se lo tomó con calma. Cuddles, probablemente, había enterrado algo junto a esas plantas, y tras el trauma de la última noche sólo quería asegurarse de que el mundo y los objetos estaban donde siempre.

Kakoli había dado instrucciones de que la despertaran a las siete.

Tenía que llamar por teléfono a Hans en cuanto éste regresara de su galopada matinal. Kakoli era incapaz de comprender cómo Hans conseguía levantarse a las cinco —igual que Dipankar— para ir a montar. Su conclusión era que debía de poseer una gran fuerza de voluntad.

Kakoli mantenía una estrecha relación con el teléfono, y lo monopolizaba con un total descaro, al igual que el coche. A menudo parloteaba durante cuarenta y cinco minutos seguidos, y a su padre le resultaba imposible comunicar con su casa cuando llamaba desde el Tribunal Superior o desde el Club Calcuta. En toda la ciudad no había ni diez mil teléfonos, de manera que tener dos líneas en casa habría resultado un lujo inimaginable. Sin embargo, desde que Kakoli se hiciera instalar un supletorio en su habitación, al juez Chatterji lo inimaginable comenzó a parecerle casi razonable.

Puesto que la fiesta de la noche anterior había acabado muy tarde, el anciano sirviente Bahadur, que generalmente llevaba a cabo la difícil tarea de despertar a la renuente Kuku y aplacarla con un vaso de leche,

había recibido autorización para dormir a su antojo. Fue Amit, por tanto, quien asumió la tarea de despertar a su hermana.

Golpeó la puerta suavemente. No hubo respuesta. Abrió. La luz se adentraba a través de la ventana que daba sobre la cama de Kakoli. Ella dormía en diagonal, tapándose los ojos con el brazo. Su cara hermosa y redondeada estaba cubierta de Lacto-calamina seca, que, al igual que la pulpa de papaya, utilizaba para mantener su cutis lozano.

Amit dijo:

—Kuku, levántate, son las siete.

Kakoli siguió durmiendo a pierna suelta.

—Despiértate, Kuku.

Kakoli se agitó ligeramente, a continuación dijo algo que sonó como: «jaaa-meee». Fue un sonido de queja.

Tras intentar despertarla durante cinco minutos, primero mediante amables palabras y a continuación zarandeándola suavemente por los hombros, y tras haber sido recompensado con otro «jaaa-meee», Amit le lanzó un almohadón a la cabeza de manera bastante brusca.

Kakoli se desperezó lo suficiente para decir:

—Aprende de Bahadur, y despierta a la gente con un poco de amabilidad.

Amit dijo:

—No tengo práctica. Él probablemente habrá venido diez mil veces junto a tu cama para murmurarte: «Kuku Baby, despierte; despierte, Baby memsahib» durante veinte minutos mientras tú le contestabas con tu «jaaa-meee».

—Ugh —dijo Kakoli.

—Al menos abre los ojos —dijo Amit—. De otro modo acabarás dándote la vuelta y volviendo a dormirte. —Tras una pausa añadió—, Kuku Baby.

—Ugh —dijo Kakoli, irritada. Sin embargo, una rendija apareció entre sus párpados.

—¿Quieres tu osito de peluche? ¿El teléfono? ¿Un vaso de leche? —

dijo Amit.

—Leche.

—¿Cuántos vasos?

—Un vaso.

—Muy bien.

Amit salió a buscarle un vaso de leche.

Cuando regresó la encontró sentada en la cama. Tenía el auricular en una mano y a Cuddles acurrucado bajo el otro brazo. Le obligaba a escuchar la peculiar jerga de los Chatterji.

—Bestia —estaba diciendo—, bestia bestial, oh, brutal bestia bestial.

—Acarició la cabeza del perro con el auricular—. Oh, brutalmente bruta bestia bestial. —No le prestó atención a Amit.

—Cállate, Kuku, y tómate la leche —dijo Amit, irritado—. Tengo otras cosas que hacer que estarme aquí esperando.

El comentario alcanzó a Kakoli con renovado ímpetu. Era una experta en el arte de mostrarse desamparada siempre que se sabía rodeada de gente dispuesta a ayudarla.

—¿O también quieres que me lo beba por ti? —añadió Amit un tanto gratuitamente.

—Muerde a Amit —le ordenó Kakoli a Cuddles. Éste no obedeció.

—¿Puedo dejárselo aquí, madam?

—Sí, déjalo. —Kakoli ignoró el sarcasmo.

—¿Eso es todo, madam?

—Sí.

—¿Sí, qué?

—Sí, gracias.

—Iba a pedir un beso de buenos días, pero esa Lacto-calamina parece tan desagradable que creo que lo pospondré.

Kakoli escrutó a Amit severamente.

—Eres una persona horrible y sin la menor sensibilidad —le informó

—. No sé por qué las mujeres se quedan extasiaaaaadas con tus poemas.

—Porque mi poesía es muy sensible —dijo Amit.

—Compadezco a la muchacha que se case contigo. De verdaaaad que la , compadezco.

—Y yo al hombre que se case contigo. De verdaaaaad que le compadezco. Por cierto, ¿era a mi futuro cuñado a quien ibas a llamar?

¿El cascanueces?

—¿El cascanueces?

Amit tendió la mano derecha como si fuera a estrechársela a un hombre invisible. Lentamente se quedó con la boca abierta de conmoción y dolor.

—Vete, Amit, o acabarás poniéndome de un humor de perros —dijo Kakoli.

—Creo que Cuddles ya te ha contagiado el suyo —dijo Amit

—Siempre que menciono a alguna mujer por la que estás interesado te pones furioso.

—¿Como quién? ¿Jane Austen?

—¿Por qué no me dejas llamar en paz?

—Claro, Kuku Baby —dijo Amit, consiguiendo ser sarcástico y apaciguador—. Ya me voy, ya me voy. Te veré en el desayuno.

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