Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 43 de 478

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Un buen partido

3.4

Una vez fuera de la sala, Lata permaneció inmóvil durante un minuto. La luz del sol se derramaba sobre la escalera de piedra. El borde de su dedo corazón tenía una mancha de tinta azul oscura, y Lata se lo quedó mirando, ceñuda. Estaba a punto de llorar.

En la escalera había otros estudiantes de inglés que charlaban.

Repasaban las preguntas del examen, y la reunión estaba dominada por una muchacha gordita que contaba con los dedos las preguntas que había respondido correctamente.

—Sé que este examen me ha ido realmente bien —dijo—.

Especialmente la pregunta acerca de El rey Lear. Creo que la respuesta era «Sí». —Los otros se la quedaron mirando entusiasmados o deprimidos. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que varias de las preguntas habían sido muchísimo más difíciles de lo esperado. Un puñado de estudiantes de historia se encontraba a poca distancia, discutiendo su examen, que había tenido lugar simultáneamente en el mismo edificio. Uno de ellos era el joven que había entablado conversación con Lata en la Imperial Book Depot, y parecía un poco preocupado. Había pasado gran parte de estos últimos meses realizando actividades extraacadémicas —sobre todo jugando al críquet— y eso se había reflejado en su examen.

Lata fue hasta un banco que había debajo del gul-mohur y se sentó para sosegarse. Cuando llegara a casa para el almuerzo la abrumarían con cientos de preguntas acerca de cómo le había ido. Bajó,la mirada hacia las flores rojas esparcidas a sus pies. En su cabeza todavía oía el zumbido de la mosca.

El joven, aunque estaba hablando con sus compañeros de clase, la había visto bajar las escaleras. Cuando se sentó en el banco, bajo el árbol, decidió ir a decirle algo. Se despidió de sus amigos con la excusa de que se iba a almorzar —adujo que su padre le esperaba— y caminó presuroso por el sendero que pasaba junto al gul-mohur. Cuando llegó junto al banco, profirió una exclamación de sorpresa y se detuvo.

—Hola —dijo.

Lata levantó la cabeza y le reconoció. Se ruborizó, azorada de que él la viera tan afligida.

—¿Supongo que no me recuerdas? —dijo él.

—Sí —dijo Lata, sorprendida de que él siguiera hablando a pesar de que era obvio que ella prefería que pasara de largo. En los segundos siguientes Lata no dijo nada más, tampoco él.

—Nos conocimos en la librería —dijo el joven.

—Sí —dijo Lata. A continuación, rápidamente, añadió—: Por favor, déjame sola. No tengo ganas de hablar con nadie.

—Es por culpa del examen, ¿no es cierto?

—Sí.

—No te preocupes —dijo—. Dentro de cinco años lo habrás olvidado todo.

Lata se indignó. Su filosofía barata la tenía sin cuidado. ¿Quién diantres se creía? ¿Por qué no se iba con su música a otra parte..., como aquella condenada mosca?

—Lo digo —prosiguió él— porque uno de los estudiantes de mi padre una vez intentó suicidarse porque creía que los exámenes finales le había ido mal. Menos mal que no lo consiguió, pues cuando salieron las notas resultó que tenía un sobresaliente.

—¿Cómo puedes pensar que te ha ido mal un examen de matemáticas, si en realidad te ha ido bien? —preguntó Lata, interesada a pesar suyo—. Las respuestas, o son erróneas o son acertadas. Puedo comprenderlo en historia o en inglés, pero...

—Bueno, eso es un pensamiento alentador —dijo el joven, contento de que ella recordara algo de su conversación anterior—. Quizá a los dos no nos ha ido tan mal como creemos.

—¿De manera que también te ha ido mal? —preguntó Lata.

—Sí —fue la única respuesta.

A Lata le pareció difícil de creer, pues no parecía apenado en lo más mínimo.

Hubo unos instantes de silencio. Algunos amigos del joven pasaron junto al banco, aunque, con mucho tacto, evitaron saludarle. Él sabía, sin embargo, que eso no impediría que le asaetearan a preguntas relacionadas con el inicio de esa gran pasión.

—Pero mira, no te preocupes... —prosiguió el joven—. De cada seis exámenes seguro que hay uno difícil. ¿Quieres un pañuelo seco?

—No, gracias. —Ella se lo quedó mirando, a continuación apartó los ojos.

—Cuando estaba ahí, desanimado —dijo el joven, señalando lo alto de las escaleras—, me di cuenta de que tú parecías sentirte peor, y eso me animó. ¿Puedo sentarme?

—No, por favor —dijo Lata. Enseguida, dándose cuenta de lo descorteses que habían sonado sus palabras, dijo—: No, siéntate. Pero tengo que marcharme. Espero que te haya ido mejor de lo que crees.

—Y yo espero que se te pase el disgusto —dijo el joven, sentándose

—. ¿Te ha ayudado hablar conmigo?

—No —dijo Lata—. En absoluto.

—Oh —dijo el joven, un poco desconcertado—. De todos modos, recuerda esto, en el mundo hay cosas más importantes que los exámenes. —Se estiró hacia atrás en el banco, levantó la mirada hacia las flores rojo-anaranjadas.

—¿Como qué? —preguntó Lata.

—Como la amistad —dijo con cierta gravedad.

—¿De verdad? —dijo Lata, sonriendo ligeramente a pesar suyo.

—De verdad —dijo él—. La verdad es que hablar contigo me ha animado. —Pero seguía con su expresión grave.

Lata se levantó y comenzó a alejarse del banco.

—¿Tienes alguna objeción a que te acompañe un rato? —dijo él, levantándose a su vez.

—No puedo impedírtelo —dijo Lata—. La India es ahora un país libre.

—Muy bien. Me sentaré en este banco y pensaré en ti —dijo melodramáticamente, sentándose de nuevo—. Y en esa atractiva y misteriosa mancha de tinta que tienes cerca de la nariz. Ya han pasado algunos días desde el Holi.

Lata profirió un sonido de impaciencia y se alejó. Los ojos del joven la siguieron, y ella se dio cuenta. Para controlar su turbación, se frotó el dedo corazón, manchado de tinta, con el pulgar. Se sentía irritada con él y consigo misma, e inquieta por haber disfrutado inesperadamente de esa inesperada compañía. Pero esos pensamientos tuvieron el efecto de reemplazar su preocupación —su pánico, de hecho— por lo mal que le había ido su examen de Teatro Inglés por el deseo de mirarse enseguida a un espejo.

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