Un buen partido
18.14
Aquella noche, en Fuerte Baitar hubo celebración.
Waris hizo encender una inmensa hoguera al aire libre, ordenó que se sacrificaran una docena de corderos y de cabras, invitó a asistir al banquete a todos los que le habían ayudado o votado, y a continuación añadió que incluso los bastardos que habían votado en su contra serían bienvenidos. Fue lo suficientemente cauto como para no servir alcohol, aunque él recibió a sus invitados soberanamente borracho, y pronunció un discurso —ahora ya era un experto en hacer discursos— que versó sobre la nobleza de la casa de Baitar, la excelencia del electorado, la gloria de Dios y el prodigioso Waris
No dijo nada de lo que pensaba hacer en la Asamblea del Estado; pero en su fuero interno estaba seguro de ponerse al día en las tareas legislativas con la misma prontitud con que había conseguido dominar los resortes de la camparla electoral.
El viscoso munshi dio el visto bueno a todos los gastos, adornó con flores la gran arcada del Fuerte, y saludó a Waris con las manos cruzadas y lágrimas en los ojos. Siempre había apreciado a Waris, siempre había sabido cuánta grandeza se ocultaba en él, y ahora, por fin, hablan sido atendidas todas las plegarias que había musitado por él.
Cayó a los pies de Waris y le imploró su bendición, y Waris, benevolente y con una voz muy poco clara, dijo:
—Muy bien, mamón, te bendigo. Ahora levántate o te vomitaré encima.
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