Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 349 de 478

Páginas del PDF

Un buen partido

15.6

El 2 de octubre, casualmente el cumpleaños de Gandhiji, la familia Kapoor se reunió en Prem Nivas para comer. Compartían la mesa un par de invitados más que estaban de visita. Uno era Sandeep Lahiri, que había venido preguntando por Maan. El otro era un político de Uttar Pradesh, uno de los secesionistas del Congreso, que había vuelto al redil e intentaba convencer a Mahesh Kapoor de que hiciera lo mismo.

Maan llegó tarde. Era día de fiesta y había pasado la mañana en el Riding Club jugando a polo con su amigo. Le estaba cogiendo el tranquillo a ese deporte. Esperaba pasar la noche con Saeeda Bai.

Después de todo, la luna del Moharram todavía no había sido avistada.

Lo primero que hizo cuando vio a todo el mundo allí reunido fue elogiar la actuación de Lata. Ésta, sintiéndose de pronto el centro de atención, se ruborizó.

—No te sonrojes —dijo Maan—. O sí, sonrójate. No te estoy halagando. Estuviste formidable. A Bhaskar, naturalmente, no le gustó la obra, pero no es culpa tuya. La encontré maravillosa. Y Malati... Ella también estuvo magnífica. Y el Duque. Y Malvolio. Y Sir Toby, por supuesto.

Maan ha extendido su elogio con demasiada prodigalidad como para que Lata siguiera sintiéndose incómoda. Rió y dijo:

—Te has dejado al tercer lacayo.

—Tienes razón —dijo Maan—. Y al cuarto asesino.

—¿Por qué no has venido al Ramlila, Maan maama? —preguntó Bhaskar.

—¡Pero si empezó ayer! —dijo Maan.

—Pero ya te has perdido la juventud y los arios de formación de Rama —dijo Bhaskar.

—Oh, oh, lo siento —dijo Maan.

—Debes venir esta noche, o estaré kutti contigo.

—No puedes estar kutti con tu tío —dijo Maan.

—Sí,puedo —dijo Bhaskar—. Hoy es la victoria de Sita. La procesión irá desde Khirkiwalan hasta Shahi Darvaza. Y todo el mundo estará en la calle, celebrándolo.

—Sí, Maan..., tenemos muchas ganas de que vengas —dijo Kedarnath—. Y luego puedes cenar con nosotros.

—Bueno, esta noche, yo... —Maan se interrumpió, percibiendo que los ojos de su padre le escrutaban—. Iré para la primera aparición de los monos en el Ramlila —concluyó sin mucha convicción, dándole unos golpecitos en la cabeza a Bhaskar. Decidió que se parecía más a un mono que a una rana.

—Déjame tener a Uma en brazos —dijo .1a señora Mahesh Kapoor, intuyendo que Savita estaba cansada. Miró al bebé, intentando averiguar por enésima vez qué rasgos le pertenecían, cuáles eran de su marido, cuáles de la señora Rupa Mehra y cuáles del difunto marido de ésta. Aquellos días, la señora Rupa Mehra a menudo sacaba de su gran bolso negro la fotografía de su adorado Raghubir, ya fuera para comparar sus facciones con las de su nieta o simplemente para mostrarla.

Mahesh Kapoor, mientras tanto, le decía a Sandeep Lahiri:

—He oído decir que el ario pasado, por estas fechas, tuvo problemas a causa de una fotos de Gandhiji.

—Em, sí —dijo Sandeep—. A causa de una foto, de hecho. Pero bueno, las cosas se han arreglado.

—¿Arreglado? ¿Acaso jha no ha conseguido librarse de usted?

—Bueno, me han ascendido.

—Sí, sí, a eso me refería —dijo Mahesh Kapoor con impaciencia—.

Pero usted es muy popular en Rudhia. Si no perteneciera a la administración, le nombraría mi representante electoral. Con usted me sería muy fácil ganar las elecciones.

—¿Está pensando en presentarse por Rudhia? —preguntó Sandeep.

—En este momento no pienso nada —dijo Mahesh Kapoor—. Todo el mundo piensa por mí. Mi hijo. Y mi nieto. Y mi amigo el nawab sahib. Y mi secretario parlamentario. Y Rafi sahib. Y el primer ministro.

Y este servicial caballero —añadió, señalando al político, un hombre callado, de baja estatura, que había compartido celda con Mahesh Kapoor muchos años atrás.

—Lo único que yo digo es: Todos deberíamos regresar al partido de Gandhiji —dijo el político—. Para cambiar el partido no es necesario cambiar de principios ni quedarse sin principios.

—Ah, Gandhiji —dijo Mahesh Kapoor, no muy dispuesto a dejarse tirar de la lengua—. Hoy tendría ochenta y dos años, y sería un hombre muy desgraciado. Seguro que no habría reiterado su deseo de vivir hasta los ciento veinticinco. En cuanto a su espíritu, lo alimentarnos de laddus un día al año, y una vez hemos llevado a cabo su shraadh nos olvidamos de él.

De pronto se volvió hacia su mujer.

—¿Por qué tardan tanto esos phulkas? ¿Es que tenemos que estarnos aquí sentados hasta las cuatro con el estómago rugiendo? En lugar de hacer saltar a la niña para que berree, ¿por qué no vais a hablar con ese idiota de cocinero, a ver si nos da de comer?

Veena le dijo a su madre..

—Ya iré yo. —Y se dirigió a la cocina.

La señora Mahesh Kapoor inclinó una vez más la cabeza sobre el bebé. Creía que Gandhiji era un santo, más que un santo, un mártir... y no soportaba que se hablara de él con amargura. Incluso ahora le encantaba cantar —u oír canta, las canciones de la antología utilizada en su Ashram. Acababa de comprar tres postales publicadas en su memoria por el Departamento de Correos y Telégrafos: una le mostraba hilando, otra con su mujer, Kasturba, y otra con un niño.

Pero lo que su marido había dicho probablemente era cierto.

Empujado a los suburbios del poder al final de su vida activa, ahora, transcurridos cuatro años desde su muerte, su mensaje de generosidad y reconciliación parecía haber sido olvidado. Sin embargo, ella creía que a él le habría gustado seguir viviendo. Anteriormente, Gandhiji ya había

pasado por épocas de frustración, y las había soportado con paciencia.

Era un buen hombre, y no tenía miedo. Probablemente esa falta de temor habría sido una buena influencia en aquellos tiempos.

Después de comer, las mujeres fueron a dar un paseo por el jardín.

Había sido un año más caluroso de lo normal, aunque aquel día en concreto una lluvia matinal había refrescado un poco el ambiente. La tierra estaba aún un poco mojada, y el jardín fragante. La enredadera madhumalati, de color rosa, estaba en flor cerca del columpio.

Mezcladas con la tierra, bajo el harsingar, había unas pequeñas flores blancas y naranjas que habían caído al amanecer; todavía conservaban un residuo de su fugitivo aroma. También podían verse unas cuantas gardenias. La señora Rupa Mehra —que había permanecido extrañamente callada durante la comida-ahora tenía en brazos al bebé, que dormía profundamente, y lo mecía. Estaba sentada en un banco, cerca del harsingar. En la oreja izquierda de Uma había una finísima vena que se bifurcaba en otras cada vez más pequeñas, formando un dibujo exquisito. La señora Rupa Mehra la estuvo mirando un rato, luego suspiró.

—No hay ningún árbol como el harsingar —le dijo a la señora Mahesh Kapoor—. Ojalá tuviera uno en nuestro jardín.

La señora Mahesh Kapoor asintió. Modesto y poco generoso durante el día, el harsingar alcanzaba su esplendor por la noche, rebosante de delicado aroina, rodeado de insectos hechizados. Las menudas flores de seis pétalos, con sus corazones naranja, se desprendían lentamente al amanecer. Y esta noche volvería a estar cubierto de flores, que caerían —flotarían, casi— a la salida del sol. El árbol florecía, pero no guardaba nada para sí.

—No —asintió la señora Mahesh Kapoor con una grave sonrisa—.

No hay. ningún árbol que se le pueda comparar. —Tras una pausa añadió—. Haré que Gajraj plante uno en el jardín de atrás de la casa de Pran, cerca del tilo. Así tendrá siempre la edad de Uma. Y florecerá dentro de dos o tres arios como máximo.

OceanofPDF.com