Un buen partido
2.7
Veena era unos años mayor que Maan y había heredado la complexión de su madre: era de baja estatura y un poco regordeta.
Cuando Maan apareció en la azotea, estaba levantando la voz, y su cara rolliza y alegre formaba una expresión ceñuda, aunque cuando vio a Maan resplandeció de alegría. A continuación recordó algo y el ceño regresó.
—De manera que has venido a disculparte. ¡Bien! Y sin hacerte de rogar. Ayer nos enfadamos mucho contigo. ¿Qué clase de hermano eres, durmiendo horas y horas cuando sabes que tenemos que visitar Prem Nivas?
—Pensé que os quedaríais al recital... —dijo Maan.
—Sí, si —dijo Veena asintiendo con la cabeza—. Estoy segura de que pensaste todo eso mientras dormías a pierna suelta. Seguro que no tuvo nada que ver con el bhang, por ejemplo. Y simplemente se te fue de la cabeza que teníamos que llevar a la madre de Kedarnath a casa antes de que empezara la música. Al menos Pran enseguida vino a recibirnos, junto con Savita, su suegra y Lata...
—Oh, Pran, Pran, Pran... —dijo Maan exasperado—. Él es siempre el héroe y yo el villano.
—Eso no es cierto, no dramatices —dijo Veena, recordando a Maan cuando, de muchacho, intentaba cazar palomos con una catapulta en el jardín y afirmaba ser un arquero del Mahabbarata—7. Es sólo que no tienes sentid¿ de la responsabilidad.
—Por cierto,¿por qué estabais riñendo hace un momento? ¿Y dónde está Bhaskar? —preguntó Maan, pensando que eso mismo era lo que le de— cía su padre a todas horas e intentando cambiar de tema.
—Está con sus amigos, haciendo volar una cometa. Sí, él también se enfadó. Quería despertarte. Tendrás que cenar con nosotros para compensarnos.
—Oh..., uh... —dijo Maan indeciso, preguntándose si podría arriesgarse a visitar la casa de Saeeda Bai por la noche. Tosió—. Pero
¿por qué reñíais?
—No estábamos riñendo —le respondió el apacible Kedarnarth, sonriéndole a continuación. Estaba en la treintena, pero el pelo ya se le volvía gris. Era una persona optimista a quien siempre agobiaban las preocupaciones, y, contrariamente a Maan, poseía un sentido demasiado acusado de la responsabilidad; además, las dificultades de comenzar desde cero en Brahmpur después de la Partición8 le habían envejecido prematuramente. Cuando no estaba en algún lugar del sur de la India, intentando conseguir pedidos, trabajaba hasta bien entrada la noche en su tienda de Misri Mandi. Era por las noches cuando dirigía el negocio, cuando los intermediarios como él compraban cestos de zapatos a los fabricantes. De todos modos, por las tardes no tenía mucho que hacer.
—No, no reñíamos, en absoluto. Sólo discutíamos por el chaupar, eso es todo —dijo Veena apresuradamente, lanzando las conchas de cauri una vez más, contando el total, y adelantando las piezas sobre el tablero de tela en forma de cruz.
—Sí, sí, estoy seguro de que reñíais —dijo Maan.
Se sentó sobre la alfombra y observó las macetas llenas de plantas frondosas que la señora Mahesh Kapoor había aportado al jardín que decoraba la azotea de su hija. Los saris de Veena estaban tendidos a poca distancia, y había salpicaduras de vivos colores, recuerdo del Holi, por toda la terraza. Más allá de la azotea había una amalgama de tejados, minaretes, torres y cubiertas de templos que se extendían hasta la estación de ferrocarril, en la parte «nueva» de Brahmpur. Unas cuantas cometas de papel, rosas, verdes y amarillas, como los colores del Holi, luchaban entre sí en el cielo sin nubes.
—¿No quieres beber algo? —preguntó Veena rápidamente—. Te traeré un poco de sherbet... ¿o prefieres té? Me temo que no nos queda thandai —añadió gratuitamente.
—No, gracias... Pero puedes responder a mi pregunta. ¿A qué se debía la discusión? —exigió Maan—. Déjame adivinar. Kedarnath
desea tener una segunda esposa, y naturalmente quiere tu consentimiento.
—No seas estúpido —dijo Veena, un tanto bruscamente—. Yo quiero un segundo hijo y, naturalmente, quiero su consentimiento. ¡Oh,
—exclamó dándose cuenta de su indiscreción y mirando a su marido—.
No tenía intención de..., de todos modos, es mi hermano..., podemos pedirle consejo, desde luego.
—Pero no quieres el consejo de mi madre en este asunto, ¿verdad?
—replicó Kedarnath.
—Bueno, ahora es demasiado tarde —dijo Maan afablemente—.
¿Para qué quieres otro hijo? ¿No te basta con Bhaskar?
—No podemos permitirnos tener otro hijo —dijo Kedarnath cerrando los ojos, un hábito que Veena todavía encontraba molesto—.
De todos modos, no por ahora. Mi negocio está..., bueno, ya sabes cómo está. Y ahora existe la posibilidad de una huelga de zapateros. —
Abrió los ojos—. Y Bhaskar es tan inteligente que queremos mandarlo a las mejores escuelas. Y no son baratas.
—Sí, nos hubiera gustado que fuera idiota, pero por desgracia...
—Veena está tan graciosa como siempre —dijo Kedarnath—. Dos días antes del Holi me recordó lo difícil que le resultaba llegar a fin de mes, entre el alquiler, el alza de los precios y todo eso. Y el coste de sus clases de música y las medicinas de mi madre y los libros especiales de matemáticas de Bashkar y mis cigarrillos. A continuación dijo que debíamos empezar a llevar las cuentas de lo que gastábamos, y ahora dice que deberíamos tener otro hijo porque cada grano de arroz que comerá ya lleva su nombre marcado. ¡La lógica de las mujeres! Nació en una familia donde sólo eran tres hermanos, de manera que cree que tener tres hijos es una ley natural. ¿Puedes imaginarte cómo sobreviviríamos si todos fuesen tan inteligentes como Bhaskar?
Kedarnath, que normalmente vivía dominado por su mujer, en aquel momento le estaba plantando cara.
—Por regla general, sólo el primer hijo es inteligente —dijo Veena
—. Te garantizo que mis otros dos hijos serán tan estúpidos como Pran y Maan.
Kedarnath sonrió, cogió los cauris moteados que tenía en la arrugada palma de la mano y los arrojó sobre el tablero. Normalmente era un hombre muy cortés y solía mostrarse muy atento con Maan, pero el chaupar era el chaupar, y resultaba casi imposible dejar de jugar una vez se había iniciado la partida. Provocaba aún más adicción que el ajedrez. Las cenas se enfriaban en Misri Mandi, los invitados se marchaban, los acreedores sufrían verdaderas rabietas, pero los jugadores de chaupar imploraban que les permitieran jugar otra partida.
La anciana señora Tandon arrojó una vez el tablero de tela y las pecaminosas conchas a un pozo en desuso que había en una vereda vecina, pero, a pesar de las finanzas familiares, Kedarnath y Veena se procuraron otro, y la indolente pareja jugaba ahora en la azotea, aunque allí hiciera más calor. De esta manera evitaban a la madre de Kedarnath, cuyos problemas gástricos, combinados con la artritis, le impedían subir las escaleras. En Lahore, a causa de la geografía horizontal de la casa y a su papel de matriarca dominante de una familia rica y unida, había ejercido un control férreo y tiránico. Su mundo se había derrumbado con el trauma de la Partición.
La conversación fue interrumpida por un aullido de rabia procedente de un tejado vecino. Una mujer de mediana edad y bastante robusta, que llevaba un sari de algodón escarlata, dirigía sus gritos a un invisible adversario:
—¡Quieren chuparme la sangre, está claro! No puedo ni echarme un rato ni sentarme a descansar en paz. El ruido de todos esos niños jugando a la pelota me está volviendo loca. ¡Naturalmente que lo que.
ocurre en la azotea se puede oír en el piso de abajo! Condenados kahars, inútiles lavaplatos, ¿es que no podéis controlar a vuestros hijos?
Al apercibirse de la presencia de Veena y Kedarnath, caminó por la zona que unía los dos tejados, trepando por un murete de poca altura situado en la pared del fondo. Con su voz chillona, sus dientes feroces y sus pechos grandes, desparramados y caídos, a Maan le causó una honda impresión.
Una vez Veena les hubo presentado, la mujer dijo con una sonrisa desafiante:
—Oh, así que éste es el que no está casado.
É
—Éste es —admitió Veena. No tentó al destino mencionando el provisional compromiso de Maan con una chica de Benarés.
—Pero ¿no me dijiste que se lo habías presentado a aquella chica..., cómo se llama, refréscame la memoria..., la que vino de Allahabad para visitar a su hermano?
Maan dijo:
—Resulta asombroso cómo son algunas personas. Escribes «A» y leen «Z».
—Bueno, es bastante natural —dijo la mujer con cicatería—. Un joven, una joven...
—Ella era muy guapa —dijo Veena—. Tenía ojos como de ciervo.
—Pero no tenía la nariz de su hermano... afortunadamente —añadió la mujer—. No, es mucho más distinguida. E incluso le tiembla un poco la nariz, como a los ciervos.
Kedarnath, desesperando ya de proseguir la partida de chaupar, se puso en pie para ir al piso de abajo. No podía soportar las visitas de aquella vecina en exceso amistosa. Desde que su marido se había hecho instalar un teléfono en su casa, se había vuelto aún más engreída y chillona.
—¿Cómo debo llamarla? —le preguntó Maan a la mujer.
—Bhabhi. Simplemente bhabhi —dijo Veena.
—De manera que..., ¿qué te pareció? —preguntó la mujer.
—Estupenda —dijo Maan.
—¿Estupenda? —dijo la mujer, aferrándose encantada a esa palabra.
—Quiero decir que me parece estupendo que deba llamarte bhabhi.
—Es muy ingenioso —dijo Veena.
—Yo no lo soy menos —afirmó su vecina—. Deberías venir más por aquí, conocerías gente, mujeres guapas —le dijo a Maan—. ¿Qué atractivo tiene la vida en las colonias? Te diré una cosa, cuando visito Pasand Bagh o Civil Lines se me paraliza el cerebro en cuatro horas.
Cuando regreso a los callejones de nuestro vecindario el motor se me
pone en marcha de nuevo. Aquí nos interesamos por los demás; si alguien se pone enfermo todo el vecindario pregunta por él. Aunque puede que sea difícil encontrar alguien a tu medida. Debería ser una muchacha un poco más alta de lo normal...
—Eso no me preocupa —dijo Maan, riendo—. Una que sea bajita también me sirve.
—¿O sea que no te importa que sea alta o baja, de piel clara u oscura, delgada o gorda, fea o guapa?
—Otra vez lee Z donde escribí A —dijo Maan, mirando en dirección al tejado de la mujer—. Por cierto, me gusta su método de secar las blusas.
La mujer soltó una breve carcajada, que podría haber sido de modestia de no haber resultado tan sonora. Miró hacia atrás, a esa estructura de acero en forma de percha que se disponía en lo alto de su depósito de agua.
—En mi tejado no hay otro lugar —dijo—. Hay hilos de tender por todas partes... Ya sabes —prosiguió la mujer, saliéndose por la tangente
—, el matrimonio es algo extraño. Leí en el Star-Gazer que una chica de Madrás, bien casada, con dos hijos, vio Hukhul cinco veces..., ¡cinco veces!..., y se trastornó por culpa de Daleep Kumar..., perdió la cabeza detrás de él. Se marchó a Bombay sin saber lo que hacía, pues ni siquiera tenía la dirección de Kumar. Por fin la encontró con la ayuda de una de esas revistas de cine, cogió un taxi y se presentó en su casa, haciéndole todo tipo de comentarios perturbados y obsesivos. Al cabo de un rato él le entregó cien rupias para ayudarla a volver a casa, y la echó. Pero ella regresó.
—¡Daleep Kumar! —dijo Veena, arrugando el entrecejo—. Nunca le he considerado un gran actor. Seguro que se lo inventó para hacerse publicidad.
—¡Oh, no, no! ¿Le has visto en Deedar? ¡Está increíble! Y el Star-Gazer dice que es un hombre muy simpático..., no es de los que buscan publicidad. Debes decirle a Kedarnath que tenga cuidado con las mujeres de Madrasi, pasa tanto tiempo allí, y son tan salvajes. He oído que lavan sus saris de seda sin el menor cuidado, simplemente les dan
golpes, ¡pam!, ¡pam!, ¡pon!, como lavanderas bajo el grifo. ¡Oh, la leche!
—gritó la mujer, repentinamente alarmada—. Debo irme..., espero que no se haya..., mi marido... —Y se fue a toda prisa por los tejados, como un descomunal espectro de color rojo.
Maan prorrumpió en una carcajada.
—Yo también me voy —dijo—. Ya no puedo permanecer más tiempo lejos de las colonias. Mi cerebro funciona a demasiada velocidad.
—No puedes irte —dijo Veena, severa y dulcemente—. Acabas de llegar. Dicen que estuviste toda la mañana celebrando el Holi con Pran, su profesor, Savita y Lata, de manera que bien puedes pasar esta tarde con nosotros. Y Bhaskar se enfadará mucho si se le pasa esta otra oportunidad de verte. Deberías haberle visto ayer. Parecía un diablillo negro.
—¿Estará en la tienda esta noche? —preguntó Maan, tosiendo un poco.
—Sí, supongo. Pensando en la forma que han de tener las cajas de zapatos. Extraño muchacho —dijo Veena.
—Entonces le visitaré de vuelta a casa.
—¿De vuelta de dónde? —preguntó Veena—. ¿No vas a venir a cenar?
—Lo intentaré, te lo prometo —dijo Maan.
—¿Qué te pasa en la garganta? —preguntó Veena—. Has estado levantado hasta tarde, ¿no es cierto? Hasta qué hora, me pregunto. ¿O es de haberte quedado empapado en el Holi? Te daré un poco de jushanda para que te recuperes.
—¡No quiero esa cosa asquerosa! Tómatelo tú como preventivo —
exclamó Maan.
—Y bien, ¿cómo fue el recital? ¿Y la cantante? —preguntó Veena.
Maan se encogió de hombros con tanta indiferencia que Veena se inquietó.
—Ten cuidado, Maan —le advirtió.
Maan conocía a su hermana demasiado bien como para intentar declararse inocente. Además, Veena pronto oiría hablar de su flirteo en público.
—No es a ella a quien vas a visitar ahora, ¿verdad? —preguntó Veena en tono mordaz.
—No, el cielo lo impida —dijo Maan.
—Sí, el cielo lo impida. ¿Adónde vas, pues?
—Al Barsaat Mahal —dijo Maan—. ¡Ven conmigo! ¿Recuerdas que cuando éramos niños solíamos ir de picnic? Vamos. Aquí lo único que haces es jugar al chaupar.
—Así que crees que no hago otra cosa en todo el día, ¿eh? Pues te diré que trabajo casi tan duro como ammaji. Lo cual me recuerda que ayer vi que habían cortado la copa del neem, el que tú utilizabas para subirte a la ventana del piso de arriba. Eso es un cambio importante en Prem Nivas.
—Sí, se enfadó mucho —dijo Maan pensando en su madre—. El Departamento de Obras Públicas debía podarlo porque los buitres pasaban allí la noche, pero alquilaron a un contratista que taló toda la madera que pudo y al final arrambló con ella. Pero ya conoces a ammaji. Lo único que dijo fue: «Realmente, lo que ha hecho no está bien.»
—Si baoji se preocupara mínimamente de esos asuntos, le habría hecho a ese hombre lo que él le hizo al árbol —dijo Veena—. En esta parte de la ciudad hay muy poco verde por el que puedas llegar a sentir verdadero aprecio. Cuando mi amiga Priya vino a la boda de Pran, el jardín tenía un aspecto tan bonito que me dijo: «Me siento como si hubiera salido de una jaula.» Ni siquiera tiene jardín en la azotea, pobrecita. Y apenas la dejan salir de casa. «Entró en palanquín y saldrá en coche fúnebre»: así es como están las cosas con sus cuñadas en esa casa. —Veena miró misteriosamente por encima de los tejados, hacia la casa de su amiga, en el barrio vecino. Un pensamiento la asaltó—.
¿Ayer por la noche, habló baoji con alguien del trabajo de Pran? ¿Tiene el gobernador algo que ver con la designación de plazas de profesor
titular? ¿Hace uso de sus competencias como Rector Honorario de la Universidad?
—Si habló con alguien, no le oí —dijo Maan.
—Humm —dijo Veena, no muy complacida—. Si conozco a baoji,
probablemente pensó en ello, y luego desechó ese pensamiento considerándolo indigno de él. Incluso tuvimos que guardar turno para conseguir esa penosa compensación por la pérdida de nuestro negocio en Lahore. Y lo mismo cuando ammaji trabajaba día y noche en los campos de refugiados. A veces creo que sólo le preocupa la política.
Priya dice que su padre es igual de malo. Muy bien, las ocho. Te prepararé tu alu paratha favorito.
—Puedes hacerte la mandona con Kedarnath, pero no conmigo —
dijo Maan con una sonrisa.
—¡Muy bien, vete, vete! —dijo Veena, negando con la cabeza—.
Para lo que nos ves, es como si aún estuviéramos en Labore.
Maan emitió un sonido conciliador, un chasqueo de lengua seguido de un suspiro.
—Con todos estos viajes de negocios, a veces creo que sólo tengo un cuarto de marido —prosiguió Veena—. Y un octavo de hermano. —
Enrolló el tablero de chaupar—. Cuando regreses a Benarés,
¿conseguirás trabajar honradamente un día entero?
—Ah, Benarés —dijo Maan con una sonrisa, como si Veena le hubiera sugerido Saturno. Y ella no insistió.
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