Un buen partido
15.5
Cuando se planteó el tema de los swaroops, o actores que interpretaban a las deidades, Kedarnath se quedó sorprendido al enterarse de que uno de los líderes de los intocables era el jatav Jagat Ram, de Ravisdapur. Le resultaba difícil relacionar a Jagat Ram con cualquier tipo de agitación social, pues era un hombre bastante sensato cuya vida se centraba, por lo general, en su familia; y no había jugado ningún papel activo en la huelga de Misri Mandi. Pero Jagat Ram, en virtud de su relativa prosperidad —si así podía llamársele— y del hecho de saber leer y escribir mínimamente, había cedido a la presión de sus vecinos y colegas para que les representara. Él no quería aceptar; tras aceptar, no obstante, hizo lo que pudo. Sin embargo, se sentía en desventaja en dos aspectos. Primero, sabía que tendría que insistir mucho para que se les permitiera tener voz y voto en la celebración de Misri Mandi. Segundo, puesto que su sustento dependía de Kedarnath y otras figuras locales, sabía que, en interés de su familia, tenía que abordar el tema con un tacto extremo.
Kedarnath, por su parte, no veía con malos ojos, desde un punto de vista teórico, el que se ampliara el espectro de actores. Pero, a sus ojos, el Ramlila no era ni una competición ni un acto político, sino la puesta en escena de la fe de la comunidad. Casi todos los muchachos que actuaban se habían conocido desde niños, y las escenas que representaban estaban sancionadas por años de tradición. El Rambla de Misri Mandi era famoso en toda la ciudad. Añadir escenas después de la coronación le resultaba algo absurdamente ofensivo: la política invadiendo la religión, los moralistas invadiendo la moralidad. Y por lo que se refería a imponer una especie de cuota entre los swaroops, eso sólo conduciría al conflicto político y al desastre artístico.
Jagat Ram argüía que, puesto que los brahmanes habían cedido su monopolio de los papeles principales en favor de otras castas superiores, el siguiente paso lógico era permitir que las así llamadas castas inferiores y los intocables participaran. Ellos contribuían al éxito del Rambla como espectadores e incluso, en pequeña escala, con sus aportaciones; ¿por qué no entonces como actores? Kedarnath respondió
que era demasiado tarde para que aquel año las cosas cambiaran, pero que al siguiente plantearía el asunto ante el Comité del Ramlila. Pero sugería que los habitantes de Ravisdapur, que era en su mayor parte una comunidad de intocables —y de donde procedía aquella reivindicación
— escenificara su propio Ramlila, a fin de que su exigencia no se considerara una malintencionada intrusión, una simple manera de prolongar por otros medios el conflicto que había tenido su primera culminación en la desastrosa huelga de primeros de año.
No se resolvió nada. La pelota quedó sobre el tejado, aunque eso no sorprendió a Jagat Ram. Ésa era su primera incursión en la política, y no le había gustado. Su infernal infancia en un pueblo, su brutal adolescencia en una fábrica, y el perverso mundo de competidores e intermediarios, pobreza y suciedad en donde él mismo se hallaba le habían convertido en una especie de filósofo. Uno no discutía con elefantes en la selva cuando éstos iban de estampida, uno no discutía con el tráfico en Chowk mientras éste pasaba como un rayo en peligrosa confusión. Uno simplemente se apartaba y procuraba apartar a su familia de enmedio. Si era posible, uno conservaba la máxima dignidad posible. El mundo era un lugar de brutalidad y crueldad, y la exclusión de la gente como él de los ritos religiosos era casi la menor de las barbaridades.
El año anterior, uno de los jatavs de su pueblo, que había pasado un par de arios en Brahmpur, regresó a su casa durante la estación de la cosecha. Tras la relativa libertad de la ciudad, cometió el error de imaginar que había quedado exento del generalizado desprecio de los aldeanos de casta superior. Es posible, también, que a sus dieciocho arios poseyera la imprudencia de la juventud; en cualquier caso, deambulaba por el pueblo cantando canciones de películas y montado en una bicicleta que había comprado con sus ganancias. Un día, sediento, tuvo la osadía de pedirle un poco de agua a una mujer de casta superior que estaba cocinando al aire libre. Aquella noche fue asaltado por un grupo de hombres, atado a la bicicleta y obligado a comer excrementos humanos. Le dejaron el cerebro y la bicicleta hechos pedazos. Todo el mundo conocía a los responsables del hecho, aunque nadie osó testificar; y los detalles fueron demasiado horrendos como para que el periódico los publicara.
En los pueblos, los intocables estaban virtualmente desamparados; casi ninguno de ellos poseía ese eventual garante de dignidad y posición social: la tierra. Pocos la trabajaban en arriendo,, entre éstos, menos aún serían capaces de hacer uso de las teóricas garantías de las leyes de reforma de la tierra. En las ciudades también eran la hez de la sociedad.
Incluso Gandhi, a pesar de todas sus inquietudes reformistas, a pesar del odio que sentía ante la idea de que cualquier ser humano fuera intrínsecamente tan detestable y estuviera tan contaminado como para considerarle intocable, consideraba que todo el mundo debía continuar la profesión de sus ancestros: el que nacía zapatero debía seguir siendo zapatero, y el que barrendero, barrendero. «El que proceda de una estirpe de basureros debe ganarse la vida haciendo de basurero, y luego dedicarse a lo que le plazca. Pues un basurero se gana el sueldo tan dignamente como un abogado o vuestro presidente. Eso, mi opinión, es hinduismo.»
Para Jagat Ram, aunque jamás lo habría dicho en voz alta, eso era la más engañosa condescendencia. Sabía que no había nada innatamente meritorio en limpiar urinarios o en permanecer ante una hedionda fosa de curtido, ni en estar atado a esa tarea simplemente porque sus padres habían hecho lo mismo. Pero eso era lo que creían la mayoría de hindúes, y aunque sus creencias y leyes estaban cambiando, unas cuantas generaciones más seguirían aplastadas bajo las ruedas de ese enorme carro antes de que por fin, y manchado de sangre, se detuviera.
Sólo con la mitad de su alma había argüido Jagat Ram a favor de que se permitiera a los intocables ser los swaroops del Ramlila. Quizá, después de todo, no se trataba tanto de que el siguiente paso fuera fruto de la lógica, sino del sentimiento. Quizá, tal como había afirmado el ministro de Justicia de Nehru, el doctor Ambedkar, el gran y casi mítico líder de los intocables, el hinduismo no tenía nada que ofrecer a aquellos que tan implacablemente había arrojado fuera de su redil. El doctor Ambedkar había dicho que él había nacido hindú, pero que no moriría hindú.
Nueve meses después del asesinato de Gandhi, la Asamblea Constituyente aprobó una disposición de ley aboliendo la intocabilidad, y los parlamentarios prorrumpieron en sonoros gritos de «Victoria para Mahatma Gandhi». Aunque esa medida, a pesar de su significado
simbólico, poco iba a significar en la práctica, Jagat Ram creía que el verdadero artífice de ese triunfo no era Mahatma Gandhi, que rara vez se preocupaba de tales legalismos, sino otro hombre de igual coraje.
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