Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 255 de 478

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Un buen partido

12.6

Dos o tres días más tarde, sin embargo, Lata recibió una nota asignándole el papel de Olivia y solicitándole que asistiera al primer ensayo, el jueves a las tres y media. A paso vivo y muy excitada, se dirigió a la residencia femenina, y se encontró a Malati por el camino. A ella le habían dado el papel de María. Las dos estaban igual de atónitas y complacidas.

El primer ensayo no fue más que una lectura completa de la obra.

Tampoco resultó necesario utilizar el auditorio; con un aula hubo suficiente. Lata y Malati decidieron celebrarlo anticipadamente tomando un helado en el Danubio Azul antes de la clase, y llegaron al ensayo muy animadas, cinco minutos antes de la hora de inicio de la lectura.

Había una docena de muchachos, y sólo una chica,

presumiblemente Viola. Estaba sentada lejos de ellos, contemplando la pizarra vacía.

También, separado del grupo principal de actores, y sin participar en el ambiente de excitación masculina que se creó cuando entraron las dos chicas, estaba Kabir.

En cuanto le vio, a Lata le brincó el corazón; a continuación le dijo a Malati que se quedara donde estaba. Ella iría a hablar con él.

La actitud de Kabir era demasiado desenfadada como para parecer natural. No había duda de que la estaba esperando. Eso era intolerable.

—¿Qué papel haces tú? —dijo Lata, colérica a pesar de hablar en voz baja.

Kabir se quedó atónito, tanto por el tono como por la pregunta.

Puso una expresión culpable.

—Malvolio —dijo, y enseguida añadió—: Madam. —Y permaneció

sentado.

—Nunca me dijiste que te interesara el teatro amateur —dijo Lata.

—Tú tampoco —fue su réplica.

—No me interesaba hasta hace un par de días, cuando Malati me arrastró a la audición —dijo Lata, cortante.

—Mi interés data de esa misma fecha —dijo Kabir, en un amago de sonrisa—. Oí decir que lo habías hecho muy bien en la audición.

Lata lo comprendió todo. De alguna manera Kabir había descubierto que tenía muchas oportunidades de conseguir un papel, y había decidido asistir a las pruebas. Y si ella había decidido actuar era, en primer lugar, para huir de él.

—Supongo que realizaste las indagaciones de rigor —dijo Lata.

—No, me enteré por casualidad. No te he estado siguiendo.

—Así que...

—¿Por qué siempre tiene que haber un «así que»? —dijo Kabir, con aire inocente—. Simplemente me gustan los versos de la obra. —Y con toda la desenvoltura del mundo citó—:

No existe mujer cuyos flancos puedan soportar

los latidos de pasión tan intensa

como la que el amor puso en mi corazón:

ningún corazón de mujer puede contener tanta;

les falta retención.

Ay, podemos llamar apetito a su amor,

no impulso del hígado, sino del paladar,

saciado, empalagado, asqueado;

pero el mío tiene la avidez del mar,

y tanto como él puede digerir:

no comparemos el amor

que una mujer puede ofrecerme

con mi devoción por Olivia.

Lata sintió que le ardían las mejillas. Tras unos instantes dijo:

—Me temo que estás recitando los versos de otro. Ésos no fueron escritos para ti. —Hizo una pausa, a continuación añadió—: Pero te los sabes bastante bien.

—Me los aprendí, éstos y muchos más, la noche antes de las pruebas

—dijo Kabir—. ¡Apenas dormí! Estaba decidido a conseguir el papel del Duque. Pero me tuve que conformar con el de Malvolio. Espero que eso no afecte a mi destino. Me llegó tu nota. Sigo esperando que nos encontremos en Prem Nivas o en cualquier otra parte...

Lata, ante su propia sorpresa, se echó a reír.

—Estás loco, completamente loco.

Se había dado media vuelta, pero al volverse de nuevo hacia él observó en su cara el último atisbo de lo que parecía una auténtica mueca de sufrimiento.

—Sólo estaba bromeando —dijo Lata.

—Bueno —dijo Kabir, sin darle importancia—, algunos nacen locos, otros alcanzan la locura, y a otros se les empuja a ella.

Lata estuvo tentada de preguntarle a cuál de las tres categorías creía pertenecer. Pero en lugar de eso dijo:

—Así que te sabes muy bien el papel de Malvolio

—Oh, sólo esos versos —dijo Kabir—. Todo el mundo los conoce.

Es sólo el pobre Malvolio haciendo el tonto.

—¿Por qué no estás jugando al críquet, o a otra cosa? —dijo Lata.

—¿Qué? ¿En .el Trimestre del Mormón?

Pero el señor Barua, que había llegado hacía unos minutos, hizo oscilar una batuta imaginaria en dirección al estudiante que hacía el papel de Duque, y dijo:

—Muy bien, comencemos, «Si la música es...», ¿de acuerdo? Bien.

—Y comenzó la lectura.

Mientras Lata escuchaba, se sintió corno transportada a otro mundo. Ocurrió poco antes de su primera intervención. Y cuando

comenzó a leer, se dejó atrapar por el lenguaje. Pronto se convirtió en Olivia. Sobrevivió a su primer diálogo con Malvolio. Posteriormente rió con los demás cuando Malati pronunció las frases de María. La chica que interpretaba a Viola también era excelente, y Lata disfrutó enamorándose de ella. Incluso había un ligero parecido entre Viola y el muchacho que interpretaba a su hermano. El señor Barua sabía elegir a los actores.

De vez en cuando, sin embargo, Lata se salía de la obra, recordaba dónde estaba. Evitaba lo más posible mirar a Kabir, y sólo en una ocasión sintió que él la observaba. Estaba segura de que Kabir desearía hablarle después del ensayo, y se alegró de que Malati también hubiera conseguido un papel. Hubo un pasaje que le resultó particularmente difícil, y el señor Barua tuvo que ayudarla.

Olivia: ¿Cómo te va, muchacho? ¿Qué te ocurre?

Malvolio: No tengo negra el alma, aunque lleve amarillas las piernas.

La carta llegó a su dirección y serán ejecutadas sus instrucciones.

Hemos reconocido la dulce mano romana.

Señor Barua: [perplejo ante la pausa, y mirando a Lata expectante]:

¿Sí, sí, qué más?

Olivia: ¿Quieres irte a...

Señor Barua: ¿Quieres irte a...? Sí, quieres irte a..., bien, excelente, siga, señorita Mehra, lo está haciendo muy bien.

Olivia: ¿Quieres irte a...?

Señor Barua: ¿Quieres irte a? ¡Sí, sí!

Olivia: ¿Quieres irte al lecho, Malvolio?

Señor Barua [levantando una mano para apagar las carcajadas y con la otra haciendo señas con su batuta imaginaria al atónito Kabir]: Sigue, Malvolio.

Malvolio: ¿Al lecho? Sí, corazón, mío; al lecho contigo.

Todos, a excepción de los dos actores y del señor Barua, prorrumpieron en una estruendosa carcajada. Incluso Malati. Et tu, pensó Lata.

El bufón recitó, más que cantar, la canción que había al final de la obra, y Lata, captando la mirada de Malati y evitando la de Kabir, se marchó rápidamente. Todavía no estaba oscuro. Pero Lata no tenía por qué temer que Kabir la siguiera esa noche. Era jueves, y él tenía otra obligación que cumplir.

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