Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 26 de 478

Páginas del PDF

Un buen partido

2.6

El día siguiente del recital de Saeeda Bai fue domingo. El espíritu festivo del Holi todavía flotaba en el aire. Maan no podía sacárselo de la cabeza.

Caminó sin rumbo un tanto aturdido. Lo dispuso todo para que el armonio fuera transportado a casa de Saeeda Bai a primera hora. de la tarde, y se sintió tentado de ir él mismo en el coche. Pero ése no era momento de visitar a Saeeda Bai, quien, por otra parte, tampoco le había dado indicación alguna de que se sintiera complacida de volver a verle.

Maan no tenía nada que hacer, y eso era, en parte, el problema. En Benarés había asuntos que le mantenían atareado; en Brahmpur siempre tenía la sensación de que no había nada que ocupara su tiempo.

De todos modos, tampoco le importaba. Leer no era algo que le entusiasmara, pero sí le gustaba salir con sus amigos. Quizá debería visitar a Firoz, reflexionó.

Entonces, pensando en los ghazales de Mast, se subió a un tonga y le dijo al tonga-wallah que le llevara al Barsaat Mahal. Habían pasado años desde la última vez que estuviera allí, y hoy le atraía la idea de visitarlo.

El tonga pasó entre las frondosas «colonias» residenciales de la parte oriental de Brahmpur y llegó a Nabiganj, la calle comercial que señalaba el final de aquel barrio menos populoso y el inicio del desorden y la confusión del Viejo Brahmpur, en cuyo extremo occidental, sobre el Ganges, se hallaban los hermosos jardines y los aún más hermosos edificios de mármol del Barsaat Mahal.

Nabiganj era la elegante calle comercial donde la buena sociedad de Brahmpur paseaba arriba y abajo al caer la tarde. En aquel momento, en el calor posterior al mediodía, no había muchos compradores, y sólo unos pocos tongas y bicicletas. Los carteles de Nabiganj estaban escritos en inglés, y los precios daban fe del postín de aquella calle. Librerías como la Imperial Book Depot, grandes almacenes bien surtidos como

Dowling & Snapp (cuyos propietarios eran ahora hindúes), elegantes sastres como los de Magourian's, donde Firoz encargaba toda su ropa (desde trajes hasta achkans), la zapatería Praha, un elegante joyero, restaurantes y cafés como el Zorro Rojo, Chez Yasmeen y el Danubio Azul, y dos cines: el Manorma Talkies (que proyectaba películas en hindi) y el Rialto (que tendía más hacia películas rodadas en Hollywood e Ealing): cada uno de estos lugares había desempeñado un papel más o menos importante en uno u otro de los romances de Maan. Pero aquel día, mientras el tonga trotaba a través de la amplia calle, Maan no les prestaba atención. El tonga viró para tomar una calle más estrecha, casi inmediatamente entró en otra que era poco más que un callejón, y de pronto se hallaron en un mundo distinto.

Apenas había espacio suficiente para que el tonga consiguiera pasar entre los carros de bueyes, los rickshaws, las bicicletas y los peatones que abarrotaban tanto la acera como la calzada, que compartían con barberos que ejercían su profesión en el exterior, adivinos, precarios tenderetes de té, paradas de verdura, adiestradores de monos, carteristas, reses sin rumbo, los curiosos policías adormilados que deambulaban lentamente con sus descoloridos uniformes caquis, hombres empapados en sudor que llevaban a la espalda pesadas cargas de cobre, acero, vidrio o papel y que gritaban: «¡Cuidado, que voy!» en una voz que de algún modo conseguía atravesar el estrépito, tiendas de objetos de latón y ropa (donde los propietarios intentaban atraer con gritos y gestos a los compradores indecisos), la pequeña entrada labrada en piedra de Tinny Tots (el parvulario de habla inglesa), que daba a un patio del reconvertido haveli de un aristócrata en bancarrota. Por allí deambulaban mendigos —jóvenes y viejos, agresivos y mansos, leprosos, lisiados o ciegos— que invadían discretamente Nabiganj a medida que caía la tarde, intentando esquivar a la policía mientras se afanaban en pedir en las colas de los cines. Los cuervos graznaban; algunos muchachos harapientos se apresuraban a cumplir sus recados (uno de ellos serpenteaba entre la multitud con seis pequeños vasos sucios de té en equilibrio sobre una burda bandeja de hojalata); los monos chillaban y saltaban alrededor de una higuera de hojas temblorosas e intentaban asaltar a los desprevenidos clientes mientras éstos abandonaban los bien vigilados tenderetes de fruta; había mujeres que caminaban arrastrando los pies, vestidas con anónimos burgas o

llamativos saris, acompañadas de sus maridos o solas; unos pocos estudiantes de la universidad ganduleaban junto a un tenderete de chaat y se gritaban el uno al otro desde una distancia de treinta centímetros, bien porque estaban acostumbrados a hablar a ese volumen o bien para hacerse oír; unos perros sarnosos intentaban morder a alguien que los ahuyentaba a patadas, mientras que unos gatos esqueléticos maullaban y eran apedreados; las moscas se posaban en todas partes: sobre pilas de basura fétida y en putrefacción, sobre los caramelos a la intemperie de la confitería, en cuyas curvas cazuelas de ghee se churruscaban deliciosos jalebis, sobre las caras de las mujeres vestidas con saris —pero no sobre las de las mujeres ataviadas con burgas—, y en las narices de los caballos, que agitaban sus cabeza con anteojeras e intentaban abrirse camino a través del Viejo Brahmpur en dirección al Barsaat Mahal.

Los pensamientos de Maan se interrumpieron al ver a Firoz junto a un tenderete que había en la calzada. Enseguida hizo detener el tonga y se apeó.

—Firoz, tendrás una larga vida..., justamente estaba pensando en ti.

¡Bueno, hace media hora!

Firoz dijo que simplemente caminaba sin rumbo, y que había decidido comprarse un bastón.

—¿Para ti o para tu padre?

—Para mí.

—Un hombre que tiene que comprarse un bastón a los veinte años quizá no tenga una vida tan larga, después de todo —dijo Maan.

Firoz, después de inclinarse en distintos ángulos sobre varios bastones, se decidió por uno y, sin discutir el precio, lo compró.

—¿Y tú, qué estás haciendo aquí? ¿Visitando el Tarbuz ka Bazaar?

—preguntó.

—No seas desagradable —dijo Maan alegremente. El Tarbuz ka Bazaar era la calle de las cantantes y las prostitutas.

—Oh, lo había olvidado —dijo Firoz, guasón—: ¿Por qué deberías conformarte con simples melones cuando puedes probar los melocotones de Samarkanda?

Maan puso ceño.

—¿Qué noticias tienes de Saeeda Bai? —prosiguió Firoz, que, en las filas de atrás, se lo había pasado estupendamente la velada anterior.

Aunque se había marchado a medianoche, había percibido el enamoramiento, el romance que estaba a punto de volver a irrumpir en la vida de su amigo. Más,quizá, que cualquier otra persona, conocía y comprendía a Maan.

—¿Qué esperabas? —preguntó Maan, un poco taciturno—. Las cosas son como son. Ni siquiera me permitió acompañarla a su casa.

Éste no es mi Maan, pensó Firoz, quien muy rara vez había visto deprimido a su amigo.

—¿Adónde ibas entonces? —le preguntó.

—Al Barsaat Mahal.

—¿A poner fin a tu vida? —inquirió Firoz con cierta ternura. El pretil del Barsaat Mahal daba al Ganges, y cada año era escenario de numerosos suicidios románticos.

—Sí, sí, a poner fin a mi vida —dijo Maan impaciente—. Ahora dime, Firoz, ¿qué me aconsejas?

Firoz rió.

—Vuelve a decirlo. No puedo creerlo —dijo—. Maan Kapoor, el galán de Brahmpur, a cuyos pies se apresuran a lanzarse las jóvenes de las mejores familias sin preocuparse de su reputación, como abejas sobre un loto, busca el consejo del inflexible y sin tacha Firoz en un asunto del corazón. No me estarás pidiendo consejo legal, ¿verdad?

—Si ésa va a ser tu actitud... —comenzó a decir Maan, disgustado.

De pronto le asaltó un pensamiento—. Firoz, ¿por qué llaman Firozabadi a Saeeda Bai? Creía que era originaria de ese lugar.

Firoz replicó:

—Bueno, de hecho su familia procedía originariamente de Firozabad. Pero ahí acaba todo. De hecho, su madre, Moshina Bai, se estableció en el Tarbuz ka Bazaar, y Saeeda Bai fue educada en esa parte de la ciudad. —Con su bastón señaló en dirección a ese barrio de

mala reputación—. Pero, naturalmente, a Saeeda Bai, ahora que le va bien y vive en Pasand Bagh, y respira el mismo aire que tú o yo, no le gusta que la gente hable de sus orígenes.

Maan meditó durante unos momentos.

—¿Cómo sabes tanto de ella? —preguntó, perplejo.

—Oh, bueno —dijo Firoz, espantando una mosca—. Es una información que simplemente flota en el aire. —Sin reaccionar ante la mirada de asombro de Maan, prosiguió—. Pero debo marcharme. Mi padre quiere que conozca a alguien aburrido que viene a tomar el té. —

Firoz saltó al tonga de Maan—. Hay demasiada gente para ir en tonga por el casco antiguo; es mejor que vayas andando —le dijo a Maan, y se alejó.

Maan caminó sin rumbo, reflexionando —aunque no por mucho tiempo— sobre lo que Firoz le había dicho. Canturreó un fragmento del ghazal que le rondaba por la cabeza, se detuvo a comprar paan (prefería el desi paan, de hojas más oscuras y más especiadas, al paan de Benarés, de hojas más claras), se abrió paso por la calle a través de una multitud de bicicletas, rickshaws, carretillas de mano y ganado, y acabó en Misri Mandi, junto a un puesto de verduras, cerca de donde vivía su hermana Veena.

Sintiéndose culpable por haberse quedado dormido cuando llegó a Prem Nivas la tarde anterior, impulsivamente decidió visitarla, a ella, a su cuñado Kedarnath y a su sobrino Bhashkar. Maan apreciaba mucho a Bhashkar, y le gustaba lanzarle problemas de aritmética como si fueran pelotas a una foca amaestrada.

A medida que entraba en la zona residencial de Misri Mandi, los callejones se volvían más estrechos, más frescos y un tanto más silenciosos, aunque todavía estaban llenos de gente que iba de un lado a otro y de personas que simplemente ganduleaban o jugaban al ajedrez en un retallo cerca del Templo de Radhakrishna, cuyos muros todavía resplandecían con las manchas de color del Holi. La franja de sol que había por encima de su cabeza era ahora tenue y nada opresiva, y flotaban menos moscas. Tras doblar una esquina e internarse en un

callejón aún más estrecho, de apenas un metro de ancho, y esquivar a una vaca que orinaba, llegó a casa de su hermana.

Era una casa muy estrecha: tres plantas y una azotea plana, con más o menos una habitación y media en cada planta y un enrejado central en mitad del hueco de la escalera, que dejaba entrar la luz hasta el piso inferior. La puerta no estaba cerrada con pestillo, y Maan entró. Vio a la anciana señora Tandon, la suegra de Veena, cocinando algo en una sartén. La anciana señora Tandon desaprobaba las inclinaciones musicales de Veena, y por ese motivo, la noche anterior, la familia se había marchado de Prem Nivas sin escuchar a Saeeda Bai. A Maan la anciana siempre le producía dentera; por lo que, tras un saludo poco efusivo, subió las escaleras y pronto se encontró con Veena y Kedarnath en la azotea, jugando al chaupar a la sombra de un espaldar y discutiendo acaloradamente.

OceanofPDF.com