Un buen partido
5.13
Cuando el ayudante del superintendente de Policía que estaba al mando de los agentes que habían ido a confiscar la Casa de Baitar leyó la nota, se ruborizó, se encogió de hombros, cambió unas palabras con el secretario particular del nawab sahib, y —mirando rápidamente el reloj-dijo:
—Muy bien, media hora.
Su deber estaba claro y no iba a permitirse ninguna negligencia, pero creía en la firmeza antes que en la brutalidad, y una demora de media hora resultaba aceptable.
Zainab había ordenado a las dos jóvenes sirvientas que abrieran la puerta que conducía de la zenana a la mardana y colgaran una sábana a modo de cortina. A continuación, a pesar de las «tobas» de incredulidad y otras exclamaciones piadosas por parte de sus tías, le dijo a Munni que le dijera a un sirviente masculino que le dijera a Murtaza Mi que se quedara al otro lado. El joven, con la cara roja de azoro y vergüenza, permaneció al lado de una puerta a la que jamás se imaginó que llegaría a acercarse en toda su vida.
—Murtaza sahib, debo disculparme por la vergüenza que te hago pasar, y por la mía propia —dijo Zainab en voz baja, en un urdu elegante y sin adornos—. Sé que eres un hombre pudoroso y comprendo tus escrúpulos. Por favor, perdóname. Créeme que no me queda otro remedio que obrar así. Se trata de una emergencia y sé que nadie se lo tomará a mal.
De manera inconsciente, y contrariamente a su costumbre, utilizaba la primera persona del plural en lugar de la primera del singular. Las dos formas eran coloquialmente aceptables, pero puesto que el plural no variaba en relación al género, reducía en cierta medida la tensión contenida en la línea geográfica que separaba la mardana y la zenana, brecha que tanta conmoción había causado en sus tías. Además, en el plural había implícito un cierto tono imperativo, y' eso contribuía a que
el tono de la conversación permitiera no sólo intercambiar expresiones de desconcierto —que eran inevitables— sino también información.
En un urdu igualmente culto, aunque un tanto florido, Murtaza Ali replicó:
—No hay nada que perdonar, créame, begum sahiba. Lo único que siento es que me haya correspondido el destino de dar tales noticias.
—Entonces permíteme pedirte que me expliques lo ocurrido a la mayor brevedad. ¿Qué hace la policía en la casa de mi padre? ¿Es cierto que van a confiscar la casa? ¿Qué alegan para poder hacerlo?
—Begum sahiba, no sé por dónde empezar. Están aquí y pretenden confiscar la casa lo antes posible. Iban a entrar inmediatamente, pero el ayudante del superintendente leyó su nota y nos concedió media hora.
Posee una orden del custodio de las Propiedades de los Refugiados y del ministro del Interior para tomar posesión de todas las partes de la casa que no estén habitadas, en vista de que sus anteriores residentes han fijado su residencia en Pakistán.
—¿Quiere eso decir que pueden entrar en la zenana? —dijo Zainab con la mayor calma posible.
—No lo sé, begum sahiba. Dijo «todas las partes desocupadas».
—¿Cómo sabe que gran parte de la casa está vacía? —preguntó Zainab.
—Me temo, begum sahiba, que es algo obvio. En parte porque lo sabe todo el mundo. Intenté convencerle de que aquí vive gente, pero él señaló las ventanas a oscuras. Ni siquiera el nawab sahib está aquí en este momento. Ni los nawabzadas.
Zainab permaneció en silencio un instante. A continuación dijo:
—Murtaza sahib, no voy a entregar en media hora lo que ha pertenecido a nuestra familia durante generaciones. Debemos encontrar a Abida chachi inmediatamente. Su propiedad también está en juego. Y
a Kapoor sahib, el ministro de Finanzas, que es un viejo amigo de la familia. Tendrás que hacerlo tú mismo, pues no hay teléfono en la zenana.
—Lo haré enseguida. Rezaré para conseguirlo.
—Me temo que esta noche tendrás que renunciar a tus oraciones —
dijo Zainab con una sonrisa que pudo oírse en su voz.
—Me temo que tiene razón —replicó Murtaza Ali, sorprendido de poder sonreír también en medio de semejante tragedia—. Quizá debería intentar ponerme en contacto con el ministro de Finanzas.
—Envíale el coche..., no, espera... —dijo Zainab—. Quizá lo necesitemos. Asegúrate de que esté preparado.
Se quedó un minuto pensativa. Murtaza Ali sentía el paso de los segundos.
—¿Quién tiene las llaves de la casa? —preguntó Zainab—. Quiero decir de las habitaciones vacías.
—Las llaves de la zenana las tiene...
—No, esas habitaciones no pueden verse desde la calle, no son importantes, me refiero a las habitaciones de la mardana.
—Yo tengo algunas, otras las tiene Ghulam Rusool, y creo que las demás se las ha llevado el nawab sahib a Baitar.
—Esto es lo que vas a hacer —dijo Zainab, muy serena—. Tenemos poco tiempo. Que todos los sirvientes y sirvientas de la casa traigan velas, antorchas, lámparas, cualquier tipo de luz que haya en la casa, e iluminen todas las habitaciones que dan a la calle, ya me entiendes, aunque eso signifique entrar en las habitaciones en las que normalmente necesitarías permiso para hacerlo, y aunque eso signifique romper una cerradura o una puerta.
Murtaza Ali era una persona inteligente, y no protestó: simplemente aceptó aquella medida acertada, aunque desesperada.
—Desde la calle debe parecer que toda la casa está habitada, aun cuando el ayudante del superintendente tenga razones para creer lo contrario. Si queremos convencerle de que se marche hemos de darle una buena excusa, aun cuando no le hagamos creer esa mentira.
—Sí, begum sahiba. —Murtaza se sentía lleno de admiración por esa mujer de voz suave a la que nunca había visto ni nunca volvería a
ver.
—Conozco esta casa como la palma de la mano —prosiguió Zainab
—. Nací aquí, contrariamente a mis tías. Aun cuando ahora estoy confinada en estas habitaciones, estoy familiarizada con el resto desde mi infancia, y sé que no ha cambiado mucho. No tenemos mucho tiempo, y yo voy a ayudar personalmente a iluminar las habitaciones. Sé que mi padre lo comprenderá, y tampoco me importa mucho si nadie más lo comprende.
—Se lo suplico, begum sahiba —dijo el secretario privado de su padre, con una voz en la que latían el sufrimiento y la consternación—.
Le suplico que no lo haga. Dispóngalo todo en la zenana, consiga todas las lámparas que pueda y entréguenoslas por este lado. Pero, por favor, quédese donde está. Procuraré que todo se haga según sus órdenes.
Ahora debo irme, y dentro de quince minutos le enviaré recado de cómo van las cosas. Dios guarde esta familia y esta casa bajo su protección. —
Dicho esto se marchó.
Zainab le dijo a Munni que permaneciera a su lado, y a la otra muchacha que ayudara a buscar y encender todas las lámparas que encontrara, y que las llevara al otro lado de la casa. A continuación regresó a su habitación y les echó un vistazo a Hassan y Abbas, que todavía dormían. Es vuestra historia, vuestra herencia, vuestro mundo lo que estoy protegiendo, pensó, pasando una mano por el pelo del pequeño. Hassan, generalmente tan mohíno, estaba sonriendo, y con los brazos rodeaba a su hermano menor. Sus tías rezaban en voz alta en la habitación contigua.
Zainab cerró los ojos, pronunció la fatiha y se sentó, agotada. A continuación recordó algo que su padre le dijo en una ocasión, reflexionó sobre su importancia durante unos segundos y comenzó a redactar otra carta.
Le dijo a Munni que despertara a los chicos y los vistiera rápidamente con sus mejores ropas: una pequeña kurta blanca para Abbas y un angarkha blanco para su hermano mayor. En la cabeza llevaban unos gorros bordados.
Quince minutos más tarde, como no tenia noticias de Murtaza Ali, mandó a buscarle. Cuando llegó, Zainab le preguntó:
—¿Has hecho todo lo que te ordené?
—Sí, begum sahiba. La casa da la impresión de estar iluminada. Se ve luz desde todas las ventanas que dan a la calle.
—¿Y Kapoor sahib?
—Me temo que no he podido contactar con él por teléfono, aunque la señora Mahesh Kapoor ha enviado a buscarle. Quizá trabaje hasta tarde en el ministerio. Pero nadie coge el teléfono en su oficina.
—¿Y Abida chachi?
—Parece que su teléfono no funciona, y acabo de escribirle una nota. Perdonadme. He sido un poco negligente.
—Murtaza sahib, has hecho mucho más de lo que me parecía posible. Ahora lee esta carta, dime cómo puedo mejorarla.
Muy rápidamente leyeron aquel borrador. Estaba en inglés, y sólo tenía siete u ocho líneas de extensión. Murtaza Ali pidió un par de aclaraciones y formuló un par de sugerencias; Zainab las incorporó e hizo una copia en limpio.
—Ahora, Hassan y Abbas —les dijo a sus hijos, cuyos ojos estaban llenos de sueño y asombro ante ese juego inesperado—, vais a ir con Murtaza sahib y hacer todo lo que os diga. Cuando vuestro nana-jaan regrese, estará muy orgulloso de vosotros, y yo también. Y también Imtiaz mamu y Firoz mamu. —Les dio un beso a cada uno y les envió al otro lado de la cortina, donde Murtaza Ali se hizo cargo de ellos.
—Ellos son quienes deben entregarle la carta —dijo Zainab—. Coge el coche, dile al inspector, quiero decir al ayudante del superintendente, dónde vas, y parte de inmediato. No sé cómo agradecerte tu ayuda. De no ser por ti no sé qué habría ocurrido.
—Jamás podré devolverle a su padre las atenciones que ha tenido conmigo, begum sahib —dijo Murtaza Ali—. Me aseguraré de que sus hijos vuelvan en una hora.
Partió pasillo abajo con un muchacho en cada mano. Al principio se sentía demasiado agitado como para decir nada, pero tras haber andado un minuto en dirección al final del jardín, donde estaba la policía, les dijo a los muchachos.
—Hassan, Abbas, saludad al oficial sahib.
—Adaab arz, oficial sahib —dijo Hassan a modo de saludo.
Abbas levantó la mirada hacia su hermano y repitió las palabras, sólo que al pronunciarlas pareció que decía «animal sahib».
—Los nietos del nawab sahib —explicó el secretario particular.
El ayudante del superintendente sonrió cauteloso.
—Lo siento —le dijo a Murtaza Ali—. Mi tiempo se acaba y también el suyo. Puede que ahora parezca que la casa está habitada, pero nuestra información es otra, y tendremos que investigarlo. Hemos de cumplir con nuestro deber. Hemos recibido órdenes del ministro del Interior en persona.
—Le comprendo perfectamente, oficial sahib —dijo Murtaza Ali—.
Pero ¿puedo pedirle un poco más de tiempo? Estos dos niños llevan una carta que debe entregarse antes de que se cumplan sus órdenes.
El ayudante del superintendente negó con la cabeza. Levantó una mano para indicar que ya era suficiente y dijo:
—Agarwalji me dijo personalmente que no aceptara peticiones a este respecto y que no toleráramos ninguna demora. Lo siento. Siempre les quedará el derecho de impugnar o apelar contra esta decisión.
—La carta es para el primer ministro.
El policía se puso ligeramente rígido.
—¿Qué significa esto? —dijo con una voz tan irritada como perpleja
—. ¿Qué dice la carta? ¿Qué esperas conseguir con eso?
Murtaza Ali dijo gravemente:
—No esperará que conozca el contenido de una carta privada y urgente que la hija del nawab sahib de Baitar le envía al primer ministro de Purva Pradesh. Está claro que hace referencia al tema de la casa,
pero sería impertinente especular acerca de lo que dice. El coche, sin embargo, está a punto, y debo acompañar a estos pequeños mensajeros a la casa de Sharmaji antes de que pierdan la suya propia. Oficial sahib, espero que aguardéis a mi regreso antes de hacer nada precipitado.
El ayudante del superintendente, viendo cómo se frustraban sus planes, no dijo nada. Sabia que tendría que esperar.
Murtaza Ali se despidió, reunió a los chicos y se alejó en el coche del nawab.
Cuando había recorrido cincuenta metros, sin embargo, el coche se detuvo repentinamente y no hubo manera de volverlo a poner en marcha. Murtaza Mi le dijo al chófer que esperara, regresó a la casa con Abbas, lo dejó con un sirviente, sacó su bicicleta y regresó. Entonces colocó a Has-san delante de él —que, sorprendentemente, no protestó—
y a golpes de pedal se adentró en la noche.
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