Un buen partido
7.4
Durante un buen rato, Lata permaneció sentada en una especie de ensueño. Al principio no releyó la carta. Demasiadas emociones la empujaban hacia demasiadas direcciones contradictorias. En circunstancias normales, la presión de tales emociones quizá le habría provocado algunas lágrimas involuntarias, pero ciertas frases de la carta hacían que eso fuera imposible. Su primera impresión fue que había sido engañada, que sus expectativas habían quedado defraudadas. No había disculpa alguna en la carta por el dolor que él, a buen seguro, estaba al corriente de haberle causado. Había declaraciones de amor, pero no eran tan fervientes ni despojadas de ironía como ella esperaba.
Es posible que en su último encuentro no le hubiera ofrecido a Kabir la oportunidad de justificarse, pero ahora que él le escribía, poco le hubiera costado explicarse mejor. Kabir no se tomaba nada en serio, y eso era, precisamente, lo que Lata quería por encima de todo, pues para ella era una cuestión de vida o muerte.
Y él tampoco le había contado nada de su vida, y Lata quería saberlo todo. Deseaba conocer todo lo que tenía que ver con él, incluyendo cómo le habían ido los exámenes. Del comentario de su padre era posible deducir que no le habían ido mal, aunque no era ésa la única interpretación posible. También podía significar, sencillamente, que una vez conocidos los resultados, aun cuando simplemente hubiera aprobado, se había eliminado una posible explicación a su abatimiento
—o quizá simplemente desazón—. ¿Y cómo había conseguido su dirección? Desde luego no por Pran ni Savita. ¿Quizá por Malati? Pero que ella supiera, Kabir ni siquiera conocía a Malati.
Una cosa estaba clara: Kabir no se hacía responsable de los sentimientos de Lata. Si alguien había de disculparse —según él— era ella. En una frase elogiaba —su inteligencia, y en otra la trataba como a una necia. Lata tuvo la sensación de que estaba intentando darle ánimos, pero sin ningún compromiso que fuera más allá de la palabra
«amor». ¿Y qué era el amor?
Incluso más que sus besos, Lata recordó la mañana en que le siguió hasta el campo de críquet y le vio entrenarse. Se había quedado extasiada, en trance. Él había echado la cabeza hacia atrás y había soltado una carcajada. Llevaba el cuello de la camisa abierto; una débil brisa soplaba entre el bambú; un par de mynas reñían; hacía calor.
Volvió a leer la carta. A pesar de que Kabir le pedía que no llorara sentada en los bancos, las lágrimas acudieron a sus ojos. Al acabar la carta, apenas consciente de lo que hacía, comenzó a leer un párrafo del libro de mitología egipcia. Pero las palabras carecían de sentido.
La sobresaltó la voz de Varun, a un par de metros.
—Es mejor que entres, Lata, mamá está preocupada.
Lata se controló y asintió.
—¿Qué ocurre? —pregunto Varun, viendo que Lata estaba (o había estado) llorando—. ¿Has discutido con ella?
Lata negó con la cabeza.
Varun, bajando la vista al libro, vio la carta, e inmediatamente comprendió de quién era.
—Le mataré —dijo con una timorata ferocidad.
—No hay que matar a nadie —dijo Lata con más cólera que tristeza
—. Simplemente no se lo digas a mamá, por favor, Varun bhai. Nos volvería locos a los dos.
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