Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 242 de 478

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Un buen partido

11.25

L. N. Agarwal no era muy popular entre los estudiantes de Brahmpur. Le tenían aversión tanto por sus modos autoritarios como por la manera en que manipulaba la Junta de Gobierno de la Universidad de Brahmpur. Y casi todos los partidos políticos que dejaban oír su voz en el campus de la universidad lo hacían siempre en un tono virulentamente anti-Agarwal.

El ministro del Interior estaba al corriente de ello, y la llamada a los estudiantes para que ayudaran como voluntarios en las secuelas del desastre se transmitió como si procediera del mismísimo primer ministro. Casi todos los estudiantes estaban fuera de Brahmpur, de vacaciones. Pero muchos de los que se habían quedado en la ciudad acudieron al llamamiento. Y con toda seguridad habrían acudido igualmente aunque hubiera procedido del ministro del Interior.

Kabir, al ser hijo de un profesor de la facultad y vivir cerca de la universidad, fue uno de los primeros en enterarse de aquella llamada de auxilio. Él y su hermano pequeño, Hashim, fueron a la sala de control que se había habilitado en el Fuerte. El sol estaba a punto de ponerse sobre la ciudad de tiendas de campaña. Aparte de las luces y fuegos de cocina, había otras hogueras más grandes aquí y allá, donde se incineraba a los cadáveres. Los altavoces proseguían su interminable letanía de nombres, y no dejarían de hacerlo en toda la noche.

Fueron asignados a distintos centros de primeros auxilios. Los demás voluntarios estaban agotados, y les alegró que les relevaran. Así podrían comer un poco y dormir un par de horas antes de reintegrarse a su labor.

A pesar de los esfuerzos de todo el mundo —de las listas, los centros de ayuda, las estaciones, la sala de control— había más confusión que orden. Nadie sabía qué hacer con las mujeres extraviadas —casi todas ellas ancianas, enfermas, hambrientas y sin dinero—, hasta que el comité de mujeres del Partido del Congreso, impaciente ante la indecisión de las autoridades, tomó las riendas del asunto. Pocos sabían dónde llevar a los que se habían perdido, a los muertos o a los heridos, y

pocos sabían adónde encontrarlos. Gentes de expresión desolada recorrían aquellos tórridos arenales de un extremo a otro, sólo para enterarse de que el lugar de encuentro de los peregrinos del estado a que pertenecían se hallaba en otro lugar. Niños muertos o heridos eran llevados a veces al recinto de niños extraviados, a veces a los centros de primeros auxilios, a veces a las dependencias policiales. Las instrucciones que se daba por los altavoces parecían cambiar según la persona que se encargara de darlas.

Tras una larga noche en el centro de primeros auxilios, Kabir avanzaba con la mirada perdida cuando vio que traían a Bhaskar.

Lo llevaba en brazos un hombre de mediana edad, triste y obeso.

Bhaskar parecía dormido. Kabir puso ceño nada más verle y de inmediato se puso en pie. Reconoció al muchacho que solía ir a hablar de matemáticas con su padre.

—Le encontré en la arena, justo después de la desbandada —explicó el hombre, dejando al chico en el suelo—. No estaba lejos de la rampa, de modo que tuvo suerte de que no lo aplastaran. Le llevé a nuestro campamento, pensando que pronto despertaría y podría devolverlo a su casa. Me gustan los niños, sabe. Mi esposa y yo no tenemos... —Se dejó llevar por sus pensamientos, pero enseguida retomó el hilo—. De todos modos, se despertó una vez, pero no contestó a mis preguntas. Ni siquiera sabe su nombre. Luego volvió a dormirse, y desde entonces no ha despertado. No he podido darle nada de comer. Le he zarandeado, pero no reacciona. Tampoco ha bebido nada, sabe. Pero, por la gracia de mi gurú, todavía le late el pulso.

—Ha hecho bien en traerlo aquí —dijo Kabir—. Creo que podré encontrar a sus padres.

—Bueno, sabe, iba a llevarlo a un hospital, pero por casualidad se me ocurrió escuchar las instrucciones de ese horrible altavoz y oí que decía que todos los muchachos extraviados que habían sido recogidos por particulares debían permanecer dentro de la zona del Mela, pues de otro modo se les perdería la pista. De modo que lo he traído.

—Bien. Bien —suspiró Kabir.

—Si hay algo que pueda hacer me temo que mañana me marcho. —

El hombre le puso a Bhaskar la mano en la frente—. No lleva ninguna identificación, de modo que no sé cómo va a encontrar a sus padres.

Pero cosas más raras me han ocurrido. Buscas a una persona, ni siquiera sabes quién es, y entonces de pronto la encuentras. Bueno, adiós.

—Gracias —dijo Kabir, bostezando—. Ya ha hecho mucho, pero, bueno, podría hacer algo más. ¿Podría llevar esta nota a una dirección de la zona universitaria?

—Desde luego.

A Kabir se le ocurrió que quizá no pudiera ponerse en contacto telefónico con su padre, y que una nota sería más útil. Escribió unas cuantas líneas —estaba tan cansado que apenas le salieron unos garabatos—, la dobló en cuatro, escribió la dirección arriba y se la entregó al hombre obeso.

—Cuanto antes mejor —dijo.

El hombre asintió y se marchó, canturreando lastimeramente.

Tras haber hecho su ronda, Kabir descolgó el teléfono y pidió al operador que le pusiera con el número del doctor Durrani. Las líneas estaban sobrecargadas, y le pidieron que esperara un poco. Diez minutos después encontró a su padre en casa. Kabir le informó de la situación y le pidió que no hiciera caso de la nota que iba a llegarle.

—Sé que es tu amigo, ese pequeño Gauss, y que su nombre es Bhaskar. Pero ¿dónde vive?

Su padre estaba aún más despistado de lo normal.

—Oh, hummm, em... —comenzó el doctor Durrani—. Es muy, em,

difícil decirlo. ¿Cuál es su, em, apellido?

—Pensé que tú lo sabrías —dijo Kabir. Imaginó a su padre apretando los ojos en un gesto de concentración.

—Ahora, em, no estoy seguro del todo, verás, em, él viene y luego se va, hay varias personas que, bueno, lo dejan aquí, y entonces hablamos, y luego em, vienen y se lo llevan. Estuvo aquí la semana pasada...

—Lo sé...

—Y estuvimos hablando de la hipótesis de Fermat en relación a...

—Papá..

—Ah, sí, y de una, em, interesante variante del Lema de Pergolesi.

Algo relacionado con, em, las investigaciones de mi joven colega, em, tengo una idea..., ¿por qué no, em, se lo preguntamos?

—¿A quién?

—A Sunil Patwardhan, em, ¿no crees que él debe de conocer al chico? Creo que fue en una de sus fiestas que alguien me habló por primera vez del muchacho. Pobre Bhaskar. Sus, em, padres deben de estar perplejos.

Sin pararse a pensar qué quería decir su padre con esa última frase, Kabir comprendió que más le valía seguir esa nueva pista que seguir hablando con su padre. Se puso en contacto con Sunil Patwardhan, quien se acordaba de que Bhaskar era el hijo de Kedarnath Tandon y el nieto de Mahesh Kapoor. Kabir llamó a Prem Nivas.

Mahesh Kapoor cogió el teléfono al segundo timbrazo.

—¿Sí?

—¿Podría hablar con el ministro sahib? —dijo Kabir en hindi.

—Está hablando con él.

—Ministro sahib, le hablo desde el centro de primeros auxilios que hay justo debajo del extremo oriental del Fuerte

—Sí. —La voz fue como un resorte que se tensara.

—Tengo aquí a su nieto, Bhaskar...

—¿Está vivo?

—Sí. Acabamos de...

—Entonces tráigalo inmediatamente a Prem Nivas. ¿A qué está esperando —La voz de Mahesh Kapoor se interrumpid.

—Ministro sahib, lo siento, pero estoy de servicio. Tendrá que venir usted mismo a buscarlo.

—Sí, sí, claro, claro...

—Creo que debería decirle...

—Sí, sí, diga, diga...

—Quizá en este momento no sea aconsejable moverle. En fin, le estaré esperando.

—Bien. ¿Cuál es su nombre?

—Kabir Durrani.

—¿Durrani? —La voz de Mahesh Kapoor expresó sorpresa antes de decirse a sí mismo que los desastres no saben de religiones—. ¿Igual que el matemático?

—Soy su hijo mayor.

—Discúlpeme por mi brusquedad. Todos estamos muy tensos. Iré de inmediato. ¿Cómo está? ¿Por qué no se le puede mover?

—Creo que es mejor que lo vea usted mismo —dijo Kabir. A continuación, comprendiendo cuán aterradoras podían sonar esas palabras, añadió—: No parece tener ninguna herida externa.

—¿El extremo oriental?

—El extremo oriental.

Mahesh Kapoor colgó el teléfono y se volvió hacia su familia, que había seguido la conversación hasta el final.

Al cabo de quince minutos Veena tenía a Bhaskar en sus brazos. Le apretó con tanta fuerza que semejaron un sólo ser. El muchacho estaba todavía inconsciente, aunque su rostro era sereno. Veena acercó su frente a la del muchacho y susurró su nombre una y otra vez.

Cuando su padre le presentó al agotado joven en el centro de primeros auxilios y le dijo que era el hijo del doctor Durrani, ella le tomó la cabeza con las manos y le bendijo.

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