Un buen partido
17.12
Sacó la botella de whisky del bolsillo y comenzó a beber. Sintió como si le hubieran estrujado el corazón. Cada noche, durante quince días, había pensado en Saeeda Bai. Cada mañana, al despertar, ya estuviera en el Fuerte o en Salimpur, remoloneaba unos minutos en la cama, imaginando que ella cataba con él. Y también había sido la protagonista de sus sueños. Y ahora, tras haber estado quince días alejado de ella, tan sólo le había concedido quince minutos de su tiempo, y era como si le hubiera dado a entender que había alguien que le importaba mucho más de lo que él le importaría nunca. Y desde luego no se trataba del obeso rajá de Mahr.
Y de todo lo que Saeeda Bai había dicho, había muchas cosas que no comprendía ni remotamente, por muy acostumbrado que estuviera a que ella sólo hablara con indirectas. Había insinuado que él era el esclavo del joven a quien ella se refería, bueno, ¿y qué? ¿Y por qué había dicho que lo que le daba miedo era lo que vendría luego? ¿Quién iría a la casa aquella noche? Pero Maan ya había bebido tanto que apenas sabía lo que hacía. Regresó a casa de Saeeda Bai, y a medio camino se detuvo en un lugar donde el guardián no pudiera verle, pero desde donde él pudiera distinguir a cualquiera que entrara.
No era tarde, pero, al ser un barrio muy tranquilo, la calle estaba casi desierta. Un par de coches, unas cuantas bicicletas y tongas recorrieron la calzada; de vez en cuando se vela a un transeúnte. Un búho ululó encima de su cabeza. Maan permaneció allí durante media hora.
Ningún coche ni ningún tonga se detuvo cerca de la casa. Nadie entró ni salió. De vez en cuando el guardián paseaba arriba y abajo, o golpeaba la acera con la base de su lanza, o daba una patada en el suelo para sacudirse el frío. Comenzó a formarse una niebla remisa que a veces le enturbiaba la vista, y Maan dio en pensar que Saeeda Bai no iba a verse con nadie, ni con Bilgrami, ni con el rajá, ni con Rasheed ni con ningún misterioso Otro. Simplemente no quería saber nada más de él.
Ya estaba harta de su presencia. Él ya no significaba nada para ella.
Entonces, procedente del otro lado de la calle, un transeúnte se acercó a la casa de Saeeda Bai, se detuvo junto a la verja y fue admitido inmediatamente. La indignación le heló la sangre. Estaba muy lejos para ver con claridad. Cuando la niebla se disipó ligeramente, se dijo que se parecía mucho a Firoz.
Maan no apartaba la vista del recién llegado. Por fin abrieron la puerta de la casa y el hombre entró. ¿Era Firoz? De lejos era exactamente igual que él. Su porte era el mismo. Llevaba un bastón, aunque con un aire juvenil. Sus andares eran idénticos. Atenazado por la incredulidad y el dolor, comenzó a avanzar, entonces se detuvo. No era posible, no era posible que se tratara de Firoz.
Y aun cuando fuera él, ¿acaso no era a la hermana de Saeeda Bai a quien iba a visitar y por quien tan fascinado estaba? Lo más probable es que tarde o temprano apareciera el visitante de Saeeda Bai. Pero transcurrieron los minutos y nadie más se detuvo en la casa. Y Maan comprendió que si alguien hubiera ido a visitar a Tasneem no le habrían franqueado el paso. Sólo podía ir a ver a Saeeda Bai. De nuevo se cubrió la cara con las manos.
Se había bebido más de la mitad de su botella de whisky. El frío ya no le afectaba, y tampoco sabía lo que hacía. Quería regresar a aquella puerta, entrar y averiguar quién había entrado y con qué propósito. No puede ser Firoz, se dijo. Pero de lejos se le parecía mucho. La niebla, las farolas, la repentina oleada de luz al abrirse la puerta: Maan intentó visualizar una vez más lo que había ocurrido minutos antes. Pero eso no le aclaró nada.
Nadie más entró ni salió. Después de media hora, ya no pudo soportarlo más. Cruzó la calle. Cuando llegó ante la verja le soltó al guardián lo primero que se le ocurrió:
—El nawabzada me ha pedido que le traiga la cartera... y también tengo un recado para él.
El guardián se sobresaltó, pero al oír que Maan mencionaba el título de Firoz, llamó a la puerta. Maan entró sin esperar a que Bibbo le recibiera.
—Es urgente —le explicó al guardián—. ¿Ya ha llegado el nawabzada?
—Sí, Kapoor sahib, llegó hace un rato. Pero ¿no podría yo...?
—No. Debo entregarlo personalmente —dijo Maan.
Subió las escaleras sin mirarse al espejo. De haberlo hecho, la expresión de su propia cara le hubiera asustado. Y quizá eso hubiera evitado todo lo que estaba a punto de suceder.
No había zapatos ante la puerta. Saeeda Bar estaba sola en su habitación, rezando.
—Levántate —dijo Maan.
Ella se volvió hacia él y se puso en pie, pálida.
—¿Cómo te atreves? —comenzó a decir—. ¿Quién te ha dejado entrar? Saca tus zapatos de mi habitación.
—¿Dónde está? —dijo Maan en voz baja.
—¿Quién? —dijo Saeeda Bai con la voz temblándole de cólera—.
¿El periquito? Ya he tapado la jaula, como puedes ver.
Maan recorrió rápidamente la habitación con la mirada. Distinguió el bastón de Firoz en un rincón y la cólera se apoderó de él. Sin molestarse en contestar, abrió la puerta del dormitorio. No había nadie dentro.
—¡Fuera! —dijo Saeeda Bai—. Cómo te atreves, no vuelvas por aquí nunca más, sal de aquí, antes de que llame a Bibbo...
—¿Dónde está Firoz?
—No ha estado aquí.
Maan miró el bastón. La mirada de Saeeda Bai siguió la suya.
—Se ha ido —susurró presa de una gran agitación. De pronto tuvo miedo.
—¿Para qué ha venido? ¿Para ver a tu hermana? ¿Es tu hermana la que está enamorada de él?
De pronto, Saeeda Bai comenzó a reír, como si lo que acabara de decir fuera al mismo tiempo inverosímil e hilarante.
Maan no pudo soportarlo. La agarró por los hombros y comenzó a zarandearla. Ella le miró, aterrada por la expresión de furia que había en los ojos de Maan... pero no pudo reprimir su risa grotesca y burlona.
—¿De qué te ríes? Basta... basta... —gritó Maan—. Dime que ha venido a ver a tu hermana.
—No... —dijo Saeeda Bai con voz entrecortada.
—Vino a verte para hablar de tu hermana...
—¡Mi hermana! ¡Mi hermana! —Saeeda Bai se rió en la cara de Maan como si éste acabara de contar un chiste estúpido—. No es de mi hermana de quien está enamorado..., no es de mi hermana de quien está enamorado... —Intentó apartar a Maan violentamente. Cayeron al suelo y Saeeda Bai gritó cuando las manos de Maan le rodearon la garganta.
Se derramó el agua del bol. Se volcó el bol de fruta. Pero Maan no se dio cuenta de nada. Tenía la mente anegada por la rabia. La mujer que amaba le traicionaba con su amigo, y ahora disfrutaba burlándose de su amor y de su dolor.
Maan apretó las manos en torno a aquella garganta.
—Lo sabía —dijo—. Dime dónde está. Todavía está aquí. ¿Dónde se esconde?
—Dagh sahib... —jadeó Saeeda Bai.
—¿Dónde está?
—Socorro...
—¿Dónde está?
Saeeda Bai alargó la mano derecha para coger el cuchillo de la fruta, pero Maan le soltó la garganta y le retorció el brazo.
Todavía estaban en el suelo. Maan miró el cuchillo.
Saeeda Bai comenzó a chillar pidiendo socorro. Se oyó el ruido de una puerta abriéndose en el piso de abajo, voces asustadas, gente que
subía corriendo. Maan se puso en pie. Firoz fue el primero en llegar a la puerta. Bibbo estaba detrás de él.
—Maan... —dijo Firoz, comprendiendo inmediatamente lo
ocurrido. Saeeda Bai apoyaba la cabeza sobre un almohadón y tenía las dos manos en la garganta. Jadeaba, y el pecho le palpitaba al respirar.
En su garganta se oyó el sonido de las bascas.
Maan vio la expresión culpable y consternada de Firoz, y supo inmediatamente que lo peor era cierto. De nuevo le cegó la rabia.
—Mira, Maan —dijo Firoz, avanzando lentamente hacia él—. ¿Qué te ocurre? Vamos a hablarlo..., será lo mejor...
De pronto se lanzó hacia adelante e intentó desarmar a Maan. Pero éste fue demasiado rápido para él. Firoz se agarró el estómago. La sangre comenzó a mancharle el chaleco, se le aflojaron las piernas y cayó al suelo. Soltó un grito de dolor. La sangre cayó sobre las sábanas blancas que cubrían el suelo. Maan lo miró como un buey pasmado, y a continuación observó el cuchillo que aún tenía en la mano.
Durante un minuto nadie dijo nada. Sólo se oían los esfuerzos de Saeeda Bai por respirar, los gritos ahogados de dolor de Firoz, y los prolongados y amargos sollozos de Maan.
—Déjelo encima de la mesa —dijo Bibbo sin perder la calma.
Maan soltó el cuchillo y se arrodilló junto a Firoz.
—Márchese enseguida —dijo Bibbo.
—Pero hay que llamar a un médico...
—Márchese enseguida. Nosotras nos encargaremos de todo.
Márchese de Brahmpur. Esta noche no ha estado en esta casa. Váyase.
—Firoz...
Firoz asintió.
—¿Por qué? —dijo Maan con la voz quebrándosele.
—Vete... deprisa... —dijo Firoz.
—¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?
—Deprisa...
Maan recorrió la habitación con la mirada, bajó apresuradamente y salió de la casa. El guardián caminaba arriba y abajo, ante la puerta de la verja. No habla oído nada que le alarmara. Al ver la cara de Maan dijo:
—¿Qué pasa, sahib?
Maan no contestó.
—¿Ocurre algo? He oído voces..., ¿me necesitan?
—¿Qué? —dijo Maan.
—¿Me necesitan, sahib? En la casa, quiero decir.
—¿Necesitarte? No, no..., buenas noches.
—Buenas noches, sahib —dijo el guardián. Dio un par de patadas en el suelo mientras Maan, a toda prisa, se alejaba entre la niebla.
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