Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 429 de 478

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Un buen partido

18.3

Amit esperaba poder hablar con Lata, pero el público se lo impidió.

Tuvo que firmar libros, comer pastel por temor a ofender a su anfitriona, y la amable anciana, eludida una vez su pregunta, insistió en preguntarle de nuevo si había estado enamorado de alguna muchacha inglesa

—Ahora puede responderme, nadie más nos escucha —dijo. Hubo varias personas que estuvieron de acuerdo con ella. Pero Amit consiguió salvarse: el señor Nowrojee, murmurando que su defensa de la rima había sido muy estimulante y que él mismo era un abierto devoto de la rima, introdujo en la mano de Amit la letrilla que no había podido recitar, y le pidió que la leyera y le dijera lo que pensaba.

—Y, por favor, sea honesto. Una honestidad como la suya es muy estimulante, y la honestidad es lo único que vale —dijo el señor Nowrojee. Amit bajó la mirada hasta el poema, escrito en la letra esbelta, menuda, meticulosa y erguida del señor Nowrojee:

UNA LETRILLA DEDICADA

AL BARDO DE BENGALA

El destino se llevó al dulce Toru Dutt

a sus tempranos veintidós.

Una casuarina fue partida en dos.

El destino se llevó al dulce Toru Dutt.

Un bulbul frecuentaba sus ramas

y tú y yo aún frecuentamos sus poemas.

El destino se llevó al dulce Toru Dutt

a sus tempranos veintidós.

Mientras tanto, el catedrático Mishra estaba hablando con Pran en otro rincón de la sala.

—Mi querido muchacho —estaba diciendo—. Mis palabras no pueden expresar cuánto lo siento. Al ver su pelo, todavía tan corto, me he acordado de esa vida cruelmente cercenada...

Pran se quedó helado.

—Debe cuidar su salud. No debe enfrentarse a nuevos retos en estos momentos de duelo... y, por supuesto, de angustia familiar. Su pobre hermano, su pobre hermano —dijo el catedrático Mishra—. Tome un pastel.

—Gracias, profesor —dijo Pran.

—¿Así que está de acuerdo? —dijo el catedrático Mishra—. El comité de selección se reúne muy pronto, y tendrá que asistir a una entrevista...

—¿Estar de acuerdo en qué? —dijo Pran.

—En retirar su candidatura, por supuesto. No se preocupe, mi querido muchacho, yo me encargaré de todas las formalidades. Como sabe, el comité de selección se reúne el jueves. Les ha costado mucho concretar una fecha —prosiguió—. Pero finalmente, a mitad de enero, conseguí fijar una. Y ahora, ya ve, pero es usted joven, y tendrá muchas otras oportunidades de ascender, en Brahmpur o en cualquier otra parte.

—Gracias por su interés, profesor Mishra, pero creo que me sentiré lo suficientemente bien para asistir —dijo Pran—. Hizo usted una pregunta muy interesante sobre Eliot —añadió.

El catedrático Mishra, con su faz pálida todavía rígida de desaprobación ante la actitud poco filial de Pran, y casi tentado a referirse a las carnes requemadas del funeral, permaneció unos momentos en silencio. A continuación se serenó y dijo:

—Sí, hace unos meses pronuncié aquí una conferencia titulada:

«¿Adonde vas, Eliot?» Es una lástima que no pudiera asistir.

—No me enteré hasta más tarde —dijo Pran—. Después estuve semanas lamentándolo. Tome un pastel, profesor Mishra. Tiene el plato vacío.

Mientras tanto. Lata y Kabir estaban hablando.

—¿Así que le invitaste a venir a Calcuta? —dijo Lata—. ¿Ha estado a la altura de lo que esperabas?

—Sí —dijo Kabir—. Me gusta su poesía. Pero ¿cómo sabes que estuve en Calcuta?

—Tengo mis fuentes de información —dijo Lata—. ¿De qué conoces a Amit?

—¿Amit?

—Al señor Chatterji, si prefieres. ¿De qué le conoces?

—No le conozco, quiero decir que no le conocía —se corrigió Kabir

—, Alguien nos presentó.

—¿Haresh Khanna?

—Es cierto que tienes tus fuentes —dijo Kabir, mirando a Lata directamente a los ojos—. Quizá te gustaría decirme qué estaba haciendo yo esta tarde.

—Eso es fácil —dijo Lata—. Jugando a críquet.

Kabir rió.

—Eso es demasiado fácil —dijo—. ¿Y ayer por la tarde?

—No lo sé —dijo Lata—. No hay manera de tragarse este pastel —

añadió.

—Me he tragado muchos pasteles de éstos con la esperanza de verte

—dijo Kabir—, Pero por ti me los tragaría a puñados,

Qué encantador, pensó Lata fríamente, y no reaccionó. El cumplido de Kabir le pareció demasiado fácil.

—Y tú, ¿de qué conoces a Amit..., quiero decir al señor Chatterji? —

prosiguió Kabir. Había cierta mordacidad en sus palabras

—¿Qué es esto, Kabir, un interrogatorio?

—No.

—Bueno, ¿pues qué es entonces?

—Una pregunta muy educada, que merece una respuesta similar —

dijo Kabir—. Te lo pregunto porque me interesa. ¿Quieres que la retire?

Lata reflexionó que el tono de la pregunta no había sido muy educado. Había denotado celos. ¡Bien!

—No. No la retires —dijo Lata—. Es mi cuñado. Quiero decir... —y en este punto se sonrojó— no mi propio cuñado, sino el de mi hermano.

—Y me imagino que en Calcuta has tenido muchas oportunidades de verle.

La palabra Calcuta fue como un aguijón.

—¿Adonde quieres llegar, Kabir? —dijo Lata, enfadada.

—A que le he estado observando durante los últimos minutos y durante la lectura, y todo el rato ha estado pendiente de ti.

—Tonterías.

—Mírale ahora.

Lata se volvió instintivamente y Amit, que no le quitaba ojo mientras intentaba hacer un comentario no demasiado deshonesto en relación a la letrilla de Nowrojee, le lanzó una sonrisa. Lata le devolvió una mucho menos efusiva. Amit, sin embargo, pronto fue eclipsado por la mole del catedrático Mishra.

—¿Y supongo que ibais a pasear?

—A veces...

—Y que os leíais Timón en los cementerios.

—No exactamente.

—Y supongo que al amanecer remontabais y bajabais el Hooghly en barca.

—Kabir..., cómo es posible que tú, de entre todas las personas, me digas eso...

—¿Supongo que también te escribía cartas? —prosiguió Kabir, que parecía dispuesto a ponerla a prueba.

—¿Y qué si lo hizo? —dijo Lata—. ¿Y qué si lo hace? Pero no me escribe. Es el otro hombre que conociste, Haresh, el que me escribe... y yo le respondo.

Todo color desapareció de la cara de Kabir. Cogió la mano derecha de Lata y se la apretó.

—Suéltame —susurró Lata—. Suéltame enseguida. O dejaré caer el plato.

—Adelante —dijo Kabir—. Déjalo caer. Probablemente sea una reliquia de familia de Nowrojee.

—Por favor... —dijo Lata, y las lágrimas comenzaron a asomarle.

Kabir le estaba haciendo daño en la mano, pero peor le sabía llorar—.

Por favor, no, Kabir...

Él le soltó la mano.

—Ah, la venganza de Malvolio... —dijo el señor Barua, apareciendo ante ellos—. ¿Por qué haces llorar a Olivia? —le preguntó a Kabir.

—No la he hecho llorar —dijo Kabir—. Nadie tiene obligación de llorar. Cualquier llanto por su parte es puramente voluntario.

Y con esas palabras se marchó.

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