Catedrales
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CATEDRALES
les, del mismo modo que el obispo y el alto clero salían a las puertas de la catedral para recibir a los reyes.
Además está el parteluz. En un tipo de portadas en la que todo se ve en diagonal, el parteluz es el único lugar donde nos topamos con una imagen colocada de frente, que logra así distinguirse del resto. Las figuras situadas en el parteluz no son las principales de la portada sólo por estar en el centro, sino también por ser las únicas revestidas con la autoridad que les otorga su posición frontal. Como consecuencia, estas imágenes imponen una exigencia inaudita para un espectador clásico: al ocupar el centro del vano de acceso, el parteluz, tras mostrar al espectador la más eminente de las efigies (aquí, como en la portada sur de León, un obispo, pero en las portadas principales solía ser Cristo o la Virgen), le obliga a echarse humildemente a un lado cuando decide por fin pasar al interior del templo.
A nuestro juicio, esta es la clave de
que tantos parteluces fuesen eliminados
en época moderna. El caso más famoso y
revelador fue el de Notre Dame de París,
donde las comitivas reales de la Edad
Moderna (o sea, del Absolutismo) debían
de aceptar de muy mal grado la obliga-
ción de apartarse o de dividirse en dos a
causa del parteluz de la portada, hasta que
en el siglo XVIII se desmontó y se colo-
có en su lugar un arco único, que permi-
tiera a los visitantes modernos de la cate-
dral sentirse inmersos, ya desde la entrada,
en el eje mayor del templo, sin nada que
los obligara a ladearse. Hay otros muchos:
en España, la puerta de los Apóstoles de
Valencia, la más usada, vio desaparecer su
parteluz en el siglo XVI, y lo mismo le
ocurrió en el XVIII a la que, con el mismo
nombre, existe en la catedral de Murcia.
Pero en nuestro país no conservamos me-
jor ejemplo que la catedral burgalesa, ya
que en ella la operación se llevó a cabo,
Puerta del Sarmental.
en distintas épocas, por duplicado: antes