Catedrales
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PLASENCIA. CAMBIO DE ESCENA
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tino de San Esteban y la catedral de Plasencia. Pese a haber intervenido en ella multitud de maestros, algunos de gran personalidad, todos los estudiosos coinciden en atribuir al arquitecto vasco las líneas esenciales del edificio, de las que no se aparta-ron quienes le sucedieron a su muerte. Como en el claustro de San Esteban, Álava manifiesta aquí su afición por las bóvedas complejísimas, lejanamente hermanadas con las bóvedas inglesas de abanico y que superan a todas las de España en prolijidad y libertad de diseño.
Plasencia es un buen lugar para recordar uno de los tópicos literarios sobre la arquitectura gótica, el parangón entre la sucesión de altos pilares y bóvedas nervadas con un palmeral de piedra. Esa comparación, tan antigua y manida —ya Ponz señala, recogiendo una denominación tradicional, que las columnas de la catedral placentina son llamadas «palmas»—, está basada en cuestiones que van más allá de la semejanza formal. Obviando el evidente símil vegetal, lo cierto es que las bóvedas góticas no suelen dar la impresión de cargar sobre el suelo, transmitiendo su peso a través de los apoyos, sino que parecen flotar en el aire; como si los pilares, en vez de estar re-Interior de la catedral.