Catedrales
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CATEDRALES
sia de Rohr) como profanos (el famoso de Apolo y las Ninfas en los jardines de Versalles). Otras aportaciones barrocas a la catedral son la efigie de san Sebastián en la capilla de su nombre, que en vez de en una sensual agonía, como es habitual, aparece ya desfallecido; o el sepulcro del obispo Panyelles en la capilla de San Benito, que resume con materiales pobres y escala menguada diversas sugestiones del Barroco italiano, desde la perspectiva fingida de la arquitectura del fondo hasta el amenazador esqueleto de la tumba que hizo Bernini para el papa Alejandro VII en el Vaticano.
En lo arquitectónico, a principios del siglo XVIII se llevaron a cabo la sala capitular y el claustro. Este último, que regala al templo un ambiente soleado y ameno, debería ser llamado patio más que claustro, pues sus proporciones impedirían la celebración de procesiones y la apertura de capillas y cenotafios que caracterizan a los verdaderos claustros. Respecto de la sala capitular, su traza ovalada la hace heredera tardía de su monumental equivalente en la catedral de Sevilla, al tiempo que introduce en Palma un tipo de planta que daría en el período barroco notables frutos.
En sus recuerdos de España, Giac-
como Casanova se jactaba de utilizar el
tiempo que pasaba en los calabozos
para meditar o hacer dibujos de arqui-
tectura, pues, como se decía en la época
recordando a Séneca, «la erudición es
adorno en la próspera fortuna, y con-
suelo en la adversa». Este principio fue
seguido al pie de la letra por Jovellanos,
quien, recién comenzado el siglo XIX,
hubo de pasar varios años recluido en
Mallorca por orden de Godoy. Jovella-
nos es quizá el más completo represen-
tante de la Ilustración en España, un
hombre que detentó importantes car-
gos públicos, que escribió teatro, que
dibujaba con corrección, que fue
miembro de todas las reales academias
(Lengua, Historia y Bellas Artes) y que
se preocupó por el bien común a través
Sala capitular.
de aspectos que abarcaban desde la me-