Catedrales
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CATEDRALES
sitios se han perdido: el dibujo de la planta y el modelo tridimensional del edificio.
Este último, en forma de maqueta, debía de hacerse con cierta frecuencia desde el período gótico, aunque en rarísimas ocasiones haya llegado hasta nosotros. Hemos contemplado ecos de estos modelos en la catedral de Pamplona, pero en la de Sevilla tenemos verdaderas maquetas de la ciudad y de la catedral, conservadas en la parte baja del retablo mayor. La última de ellas se inspira con toda probabilidad, como indi-có Torres Balbás, en el modelo de madera con que se daría inicio a la construcción, y sirve además para documentar formas del proyecto que luego fueron modificadas.
El otro elemento ha sido hallado muy recientemente por Begoña Alonso y Alfonso Jiménez en la biblioteca del convento guipuzcoano de Bidaurreta: se trata de un plano general de la catedral, hecho seguramente a raíz de los problemas acarrea-dos por el cimborrio que habría de erigirse sobre el crucero. Su descubrimiento incide en la curiosa circunstancia de que sea en las regiones del norte donde se encuentren, como comprobamos en el valle de Mena, algunos de los testimonios fundamentales del origen de la gran catedral hispalense.
A los dos componentes citados, el modelo de madera y el plano, deberían adjuntarse, como testimonios directos del proceso constructivo, las numerosas monteas identificadas en las cubiertas de la catedral. Las monteas eran dibujos que los maestros y operarios hacían a escala real, con el fin de dimensionar las partes más complicadas del edificio (bóvedas, tracerías de los ventanales…) y prever con exactitud la forma y el tamaño de las piedras que habrían de componerlos. Muchas veces, las monteas se hacían en dependencias especiales, denominadas «cuartos de trazas», en las que se extendía una solera de yeso que permitiese dibujar fácilmente con punzones; en otras, el dibujo se hacía directamente sobre los muros y suelos de piedra, como vimos en Santiago, o sobre las bóvedas, como en Sevilla. La catedral francesa de Clermont-Ferrand debe parte de su fama a las numerosas monteas descubiertas en ella, y en los claustros de las de Ávila y El Burgo de Osma, o en el crucero del monasterio de Las Huelgas de Burgos pueden verse también incisiones de este tipo. Todas esas trazas demuestran que para hacer grandes dibujos, imposibles de realizar en papel, no había mejor soporte que los propios pavimentos y paredes, donde nunca llegarían a extra-viarse y donde han permanecido, muchas veces, para ilustrarnos acerca de los métodos de construcción de nuestros antepasados.
En palabras de Leopoldo Torres Balbás, la catedral de Sevilla «es edificio totalmente exótico, creación, sin duda, de tracistas foráneos». Los primeros maestros son, en efecto, extranjeros, como el flamenco Ysambarte, activo también en la catedral de Palencia, que quizá inició las obras y que luego presentó al cabildo al francés Carlín,