Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 752 de 766

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Catedrales

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CATEDRALES

cos, que crea una escenografía literal, una perspectiva fingida que lleva al extremo los hallazgos que a finales del quinientos había logrado Scamozzi en los teatros de Vicenza y Sabbioneta. Creada a principios del siglo XVIII, dispone de una auténtica caja escénica donde exponer, dotándolo de la debida grandeza, el monumento eucarísti-co del Jueves Santo.

En estas obras ya no se busca la belleza, como la que impera en la riquísima pero equilibrada capilla renacentista de los Zaporta; lo que se quiere con ellas es impresio-nar, epatar, confundir. Los baldaquinos, hijos pequeños del que levantó Bernini bajo la cúpula de San Pedro de Roma, se suceden en los lados del crucero (capilla de Santiago y de San Pedro Arbués) y en el renovado altar del trascoro, donde las volutas se prolongan hasta convertir el dosel en una especie de gigantesco cefalópodo. Muchas de las capillas se ornan con portadas que parecen inmensas excrecencias, que llegan al paroxismo en los trofeos militares y en los retorcidos esclavos de la capilla de Santiago el Mayor, último y desbordado reflejo de un tema que ya se utilizaba en la Roma antigua y que tuvo su culminación en las estatuas inacabadas que Miguel Ángel concibió para el sepulcro de Julio II.

LOS PARAMENTOS

Estamos acostumbrados a ver los edificios desnudos, con su arquitectura desprovista de ajuar; se nos inculca como un valor la pureza estilística, la claridad de líneas, la desnudez de muros defendidos sólo por los trazos que dibuja la molduración. Luego visitamos los museos y vemos allí, arrancados de su soporte original, los objetos, las pinturas, los tapices. Hemos separado lo que debía estar unido, y tenemos que con-tentarnos con reconstruir mentalmente la antigua comunión entre unos edificios despojados y unos elementos desprovistos de su contexto.

Entre los objetos que evocan con mayor claridad la tramoya hoy perdida se encuentran los tapices. En España los reyes no tuvieron hasta muy tarde una sede fija, una capital donde residir de forma más o menos permanente, de ahí que la monarquía española haya sido, hasta los tiempos de Felipe II, una corte itinerante. En sus numerosos viajes, los reyes y sus séquitos se hospedaban en palacios y castillos de la nobleza o en conventos y monasterios. Era imprescindible que el ajuar fuese tan portátil como la propia corte; así cumplían su función los arcones y las alfombras y tapices. Cuando se llegaba a un lugar donde pernoctar o pasar varios días, las estancias elegidas como pasajera residencia regia se aparejaban en un instante con sólo desplegar los ricos tejidos