Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 109 de 766

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Catedrales

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CATEDRALES

desde la actual plaza de Fernán González. El mantenimiento de un par de desabriga-dos arquillos medievales y los remiendos y apósitos neogóticos de Lampérez no ocultan el aire general de organismo desventrado y mal cosido, como los desdichados caballos que eran echados al ruedo una y otra vez en las corridas goyescas. El restaurador satisfizo al fotógrafo, pero a cambio dejó la catedral sin un elemento que le era propio, que pertenecía a su programa funcional y que, por todo ello, no podía ser extirpado sin dejar cicatrices.

EL VUELO DE SAN LORENZO

En el verano de 1994, mientras se estaban restaurando las agujas de las torres, la catedral de Burgos protagonizó uno de esos sucesos que llenan de gozo a los medios pe-riodísticos: un santo de piedra, colocado a gran altura en la fachada de la catedral, perdió pie y se vino abajo. Como la estatua no tenía en sí misma especial mérito y no hubo heridos, el caso podía no haber pasado de un plano anecdótico, pero sirvió como excusa para que cundiese un grito desgarrador e indocumentado: la catedral se desmorona.Y no sólo la de Burgos; el asunto fue creciendo y llenó (convertida la cu-lebrilla de verano en monstruosa anaconda) los suplementos dominicales de infogra-fías catastrofistas, que avisaban a los aterrados lectores sobre la ruina inminente de las catedrales españolas. Para tranquilizar los ánimos, lo racional hubiese sido argüir el papel negativo de las grapas de hierro que anclaban la estatua o la necesidad que tenía la catedral de ciertas reparaciones y de un regular mantenimiento (cosa esta que aplicamos a nuestros vehículos, pero que olvidamos para nuestros viejos monumentos).

Pero el vuelo de san Lorenzo —que parecía no tener bastante con haber sido antes martirizado en la famosa parrilla— brindó la excusa perfecta para un plan integral de restauración de la catedral, acompañado de una movilización de medios económicos y humanos nunca visto, y que fue, de cara a la opinión pública, uno de los acicates para poner en marcha el denominado Plan Nacional de Catedrales, que llevaba algunos años fraguándose.

Quien haya conocido la catedral hace tiempo y vuelva a verla ahora, podrá calibrar las consecuencias del inocuo desplome del santo.Antes de su reciente restauración, la catedral de Burgos surgía sobre las casas del Espolón como una mole so-brecogedora, gigantesca y sutil, que se imponía al emocionado visitante que traspasaba el arco amurallado de Santa María o, mejor aún, llegaba hasta ella por las estrechas calles que hasta hace muy pocos años quedaban junto a la iglesia de Santa Águeda.