Catedrales
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CATEDRALES
La casa de la recogida, antes de su destrucción.
PALMA DE MALLORCA. LA SEO DEL MEDITERRÁNEO
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de billetes de entrada y en el obligado paso posterior por la tienda de recuerdos. Hasta su misma denominación (nadie parece recordar hoy la advocación a san Pedro, patrón por cierto de los canteros, y todos la llaman «la capilla de Barceló») representa a la perfección la posición actual de los artistas como «santos» contemporáneos, imán para la atracción de nuevos fieles, con la ventaja de que estos últimos pueden encontrarse tanto entre los creyentes como entre los descreídos. Sin embargo, puede que algunos de los que han visto despertar su curiosidad a través de los medios de comunicación —al fin y al cabo, ya casi nadie viaja por conocer, sino por reconocer lo que previamente le han contado— sientan al fin cierta desilusión: como buena parte de las obras de arte de los dos últimos siglos, el retablo del milagro de los panes y los peces paga el peaje de su indudable fotogenia al resultar, a nuestro juicio, mejor y más interesante en las fotografías que al ser contemplado en directo.
La intervención de Barceló ha tenido además una consecuencia lamentable, aunque esta no deba atribuirse al propio artista, sino a una decisión tomada al socaire de su trabajo. Hasta hace unos decenios había una fila de dependencias adosadas a la cabecera de la catedral, erigidas sobre el muro continuo que cierra esa parte del templo. Derribadas luego la mayor parte de ellas, sólo quedaba en pie una construcción modesta e interesantísima, adosada a los contrafuertes catedralicios como un hongo a un tronco arbóreo: era la casa de una recogida, una mujer que en el siglo XVII pagó para que se le permitiese vivir en un retiro anacorético, sola y alejada del mundo a pesar de encontrarse en el punto culminante de la ciudad, entre la mole gótica de la catedral y el mar que rompía bajo sus ventanas. Esa pequeña construcción, que no llamaba la atención ni perturbaba la imagen del templo, pero que atesoraba un valor histórico y antropológico inmenso, fue demolida, aprovechando la instalación de la obra de Miquel Barceló, por ese tipo de personas que pretenden conservar los monumentos a costa de borrar todo rastro de la humanidad que el tiempo haya ido depositando en ellos.
EL MAR Y LA PIEDRA
Hasta 1970, el mar golpeaba los muros de Palma justo al pie de su catedral. A partir de ese año, cuando la isla entró en un peligrosísimo proceso de reconversión para acoger el turismo masivo, se rellenó parte de la bahía con el fin de dar cabida a una circunvalación para el tráfico rodado. Se sustrajo así la posibilidad de que el templo siguiera reflejándose en las agitadas aguas del Mediterráneo, como llevaba haciéndolo