Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 504 de 766

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SANTO DOMINGO DE LA CALZADA. LA CATEDRAL DEL «PONTÍFICE»

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zadas por los peregrinos cuando intentaban llegar hasta las aves para alborotarlas y poder conseguir una pluma blanca con la que adornar el sombrero».

Se nos permitirá hacer una observación: a la vista de la forma en que se desarrollaba la vida diaria en nuestros templos, antes del progresivo envaramiento que ha llevado a convertirlos en circunspectos museos, el milagro de santo Domingo tenía todas las papeletas para hacerse célebre, gracias, entre otras cosas, a que es un relato que contiene los ingredientes del éxito, además de un final feliz: suspense, tragedia y humor. La posadera vengativa y el buen joven inocente son personajes arquetípicos de los cuentos tradicionales, y la resurrección de las dos gallináceas casi parece, vista con cierta causticidad, una parodia del episodio evangélico de la vuelta a la vida de Lázaro. De todas formas, una de las posibilidades del humor es crearlo involuntaria-mente: después de ver, colgado de una de las ventanas de la tribuna catedralicia, un resto de la horca donde fue infructuosamente ejecutado el peregrino, en Santo Domingo de la Calzada es posible recordar la visita a la catedral y los milagros del santo mientras nos deleitamos con un dulce típico, bautizado con el entrañable nombre de

«ahorcadito».

RUINA Y REFORMA

El desigual edificio catedralicio, terminado a duras penas siguiendo los impulsos y necesidades del momento, fue muy modificado cuando, entre los siglos XV y XVI, llegaron los tiempos de prosperidad. Entonces se abrieron multitud de capillas, que aunque dieron al traste con la equilibrada concepción de la cabecera románica, abatien-do la mayor parte de sus muros y capillas, aportaron a cambio algunas de las mejores creaciones artísticas de la catedral. Entre ellas está el retablo de la capilla de San Juan (dedicada hoy a Santa Teresa) o los sepulcros de Pedro de Carranza, en la de la Magdalena, y de Juan Rodrigo en la de San Andrés. En este último hay un detalle inusual, que parece querer salirse del equilibrado marco arquitectónico: el personaje que, a los pies del difunto, lee con actitud dramática un grueso volumen.

Como ya sabe el lector, nuestra intención dista mucho de ofrecer un inventario detallado de cada catedral, pero en la de Santo Domingo no podemos pasar por alto la referencia momentánea —dentro del formidable acopio de pinturas y esculturas que encontramos en ella— a dos obras maestras, relacionadas entre sí por su origen flamenco: la escultura de la Verónica, una elegante dama que sostiene en sus manos la Santa Faz, y el tríptico de la Anunciación, donde se da, sirviendo de fondo a las be-