Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 342 de 766

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Catedrales

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CATEDRALES

ante la catedral, donde, sin dejar de aportar expresiones inevitables de su talento, llevó a cabo unas reformas de difícil justificación por su carácter destructivo y, muchas veces, gratuito.

Tiene su gracia que, cuando un gran artista se equivoca, sus apólogos puedan tirar sin rubor del comodín de la incomprensión, que suele servir para dejar en suspenso cualquier condena. Lo que le pasa a Gaudí es que, aparte de ser indudablemente genial y de haber creado algunos edificios que son insuperables en su género, se ha convertido con los años (¡quién se lo hubiese dicho a sus sufridos mecenas, como el conde Güell!) en un artista muy rentable, cosa que se sabe muy bien en las poblaciones donde se cuenta con alguna de sus obras.

Parece mentira que un arquitecto que ya rozaba los cincuenta años y que sin duda apreciaba la arquitectura antigua estuviese tan ciego ante los valores de la catedral mallorquina. La obra de Gaudí se revela propia de su tiempo, pese a los resabios medievalizantes de los que hace gala, al comprobar que casa mucho mejor en el ensanche de Barcelona que en un verdadero contexto histórico. La sorda violencia con la que Antoni Gaudí actuó en Palma quita peso además a otras reivindicaciones legítimas en favor de sus propias creaciones: todos nos hemos escandalizado ante ciertas

«restauraciones» sufridas recientemente por alguna obra de Gaudí, y muchos consideran todavía un sacrilegio la continuación moderna de una creación tan personal como la barcelonesa Sagrada Familia; pero, después de ver lo que Gaudí hizo con la catedral de Palma, ¿qué autoridad moral podemos tener para defender el carácter «intocable» de la obra gaudiniana?

En compañía de ciertos colaboradores, como los también arquitectos Joan Ru-bió y Josep Maria Jujol, Antoni Gaudí actuó sobre la catedral de dos maneras: la que afectaba a la propia organización arquitectónica y la ornamental. Por una parte, desbarató la concepción tradicional del templo, sin detenerse siquiera ante los elementos que pertenecían al proyecto original del siglo XIV, como el retablo gótico o el corredor de los cirios, un singularísimo balcón corrido que además de un objeto bellísimo era una verdadera reliquia de la liturgia medieval, que permitía iluminar el presbiterio en las ocasiones especiales. El traslado del coro y de todo aquello que lo acompañaba (sillería, portada, púlpitos…), una operación que ya había sido planteada en el siglo XIX por Peyronnet y que seguía a la realizada pocos años atrás en la catedral de Oviedo, se llevó a cabo sin el más mínimo respeto por los elementos históricos, des-perdigados por la catedral o reinstalados de cualquier modo en los nuevos (baste decir que las tribunas de cantores ideadas por Gaudí están hechas reciclando piezas del retablo barroco, del coro renacentista y del corredor de los cirios medieval, y aquello