Catedrales
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CATEDRALES
Detalle de la capilla de San Sebastián, antes y después de picar los muros.
tes de Italia (caso del florentino Juan de Moreto, autor de la de San Miguel) o formados en los talleres que traían desde allí las novedades renacentistas; sus realizaciones son exquisitas, cuidadas hasta el último detalle, y por eso duele aquí más que en casi ningún otro sitio que dichas muestras de refinamiento queden emponzoñadas por muros a los que las modernas restauraciones han dejado con la tosca mampostería a la vista, desprovista de enlucido, y resaltada para colmo con juntas de cemento negro.
Al descubrir esos pedruscos, que jamás se pensaron para quedar a la vista, las sabias líneas dibujadas por la escultura y la arquitectura se pierden y confunden, en vez de quedar resaltadas sobre el fondo neutro que antes les deparaba el revoco.
TRES ÁBSIDES DIFERENTES
La cabecera de la catedral, vista desde la calle, da muestra de tres momentos diferentes. El ábside del lateral sur es el único que conserva íntegramente sus líneas románicas, pues su compañero del norte sólo las mantiene hacia el interior. Hace muy pocos años se creó para él un envoltorio (no se sabe muy bien cómo denominarlo) que pretende ser la reinterpretación moderna de un ábside medieval; su mayor virtud es que es muy difícil de ver, dada su situación en un rincón apenas accesible. En cuanto al ábside central, aquel que acoge la capilla mayor, se reedificó por completo a finales del siglo XVIII, una operación que afectó a la catedral en mayor medida de lo que en principio cabría pensar, pues supuso el desmantelamiento del retablo rena-