Catedrales
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TOLEDO. UNA ISLA DE PIEDRA
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nales del siglo XVI fue trasladada hasta la puerta del Reloj, donde todavía sigue. Con todo, la pieza medieval más admirable del coro es la Virgen Blanca, de piedra policromada. Hasta hace poco miraba hacia la sillería; la mesa en la que esta se convertía, corriendo la cortinilla que había tras ella, era el altar de Prima, donde se celebraba la misa de ese nombre a primera hora de la mañana, tras la cual se repartían los tajos entre los operarios que trabajaban para el templo. Durante la misa de Prima el coro se transformaba en un conjunto autónomo, al que ni siquiera le hacía falta la presencia del vecino presbiterio para ser un templo completo al servicio del clero capitular.
Con razón el canónigo Blas Ortiz llamaba al coro, a mediados del siglo XVI, «la estancia del clero».
UN COMBATE ARTÍSTICO
En el coro de Toledo, pieza esencial en la historia del arte y de la liturgia, tuvo lugar uno de esos episodios que han construido la peculiar épica ligada al Renacimiento: el combate de artistas. El estilo surgido en Florencia en el siglo XV se desencadenó, de hecho, con una de estas pugnas, una derrota que derivó en victoria: vencido por Lorenzo Ghiberti en el concurso de unas nuevas puertas de bronce para el baptisterio de San Giovanni, Brunelleschi dejó de lado la orfebrería y la escultura para dedicarse a la arquitectura, arte en el que sentaría las bases de una nueva época. El duelo más famoso del Renacimiento fue entre Leonardo y Miguel Ángel, que debían pintar sendos murales con batallas para el salón principal del florentino palacio de la Signoria; por desgracia, ambos colosos del arte fueron derrotados por las circunstancias, pues el de Leonardo quedó inconcluso y luego se perdió, y el de Miguel Ángel no pasó del estadio de cartón o boceto.
Uno de los que llegaron a observar y estudiar en Florencia el admiradísimo cartón de Miguel Ángel para la batalla de Cascina, convertido en improvisada escuela de artistas, fue un escultor y pintor al que el biógrafo de los artistas italianos, Giorgio Vasari, llama «Alonso Spagnolo». Era Alonso Berruguete, hijo de Pedro Berruguete; este último, que conocimos iniciando el retablo mayor de Ávila, formó parte de la corte de artistas del duque de Urbino (allí llegó a colaborar con el mismísimo Piero della Francesca) y trabajó también como muralista en la catedral de Toledo. Alonso debía seguramente a ese precedente familiar y a su viaje a Italia, donde los artistas estaban logrando una nueva consideración social, su actitud orgullosa. La suya fue una carrera irregular, en la que las empresas artísticas se entreveraban con intentos de medrar