Catedrales
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ZARAGOZA. EXALTACIÓN DEL TERRITORIO
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habrían de interpretar un papel señalado como promotores y mecenas. Precisamente en ese tiempo la sede zaragozana se desligó de la archidiócesis tarraconense y se convirtió en cabeza de un nuevo arzobispado. El primero de esos arzobispos-mecenas fue Lope Fernández de Luna, a quien se deben algunas de las mejores galas del templo. Con él se añadió el citado recrecido de ladrillo a los ábsides románicos de piedra, que los convierte en el ejemplo más notable de un fenómeno bastante extendido en territorios donde la piedra escasea (Sahagún, Daroca…): el abandono de ese material a mitad de las obras y su prosecución con ladrillo.
Además de la portada de ladrillo y cerámica (a la que aludiremos al final, cuando hablemos de la fachada de la plaza) y de un cimborrio que —siguiendo la tradición que ya hemos conocido en Burgos y Sevilla— habría de derrumbarse un siglo más tarde, la aportación más valiosa de don Lope fue su propia capilla funeraria, dedicada a san Miguel y que se conoce como «la Parroquieta». Dentro del peculiar régimen de visitas que posee la seo en la actualidad, la Parroquieta funciona en exclusiva como lugar de rezos y celebraciones, y el acceso a ella con intenciones culturales es muy difícil. Quien tenga suerte, esté invitado a una boda o un bautizo o presente ante su puerta la credencial de una piedad real o bien fingida, podrá ver un espacio que combina las soluciones góticas y las islámicas, con una nave con bóvedas de crucería y un presbiterio cubierto por una extraordinaria techumbre octogonal de madera. En ese presbiterio —separado de la nave por una arquería a modo de ico-nostasio— se encuentra el sepulcro del arzobispo, que se adelanta a otros muchos en el eficaz uso de figuras de llorones, las cuales, por su éxito posterior en el arte gótico francés, suelen denominarse pleurants.
Quien, por el contrario, carezca de invitación para cualquier fasto sacramental e, incapaz de mostrar la suficiente unción, sea rechazado por los cancerberos de la Parroquieta, podrá ahogar sus penas ante el muro lateral de la capilla, que es por sí solo una obra maestra de la arquitectura medieval. Este muro plano, en el que las ventanas se abren allí donde hacen falta para iluminar el interior, sin que se dé importancia alguna a la simetría, es un verdadero manifiesto de las posibilidades ornamentales del ladrillo. Las maravillas de ladrillo que abundan en Aragón cuentan con una suerte de resumen en esta pared afiligranada, donde los elementos supuestamente constructivos (arcos, pilares) son expuestos por su cualidad decorativa, y así el pesado muro logra convertirse en un ligero tejido que parece colgar, como los tapices que en el pasado servían de ornato del templo, de las vigas del alero. El efecto se aumenta por la profusión de piezas esmaltadas, hechas por artesanos sevillanos, en las que el humilde barro se encubre y engalana con vivos y brillantes colores.