Catedrales
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CATEDRALES
Los quiebros que hubo de
hacer la catedral para acomodarse
a su irregular asiento deben lle-
varnos a comentar un asunto cla-
ve para comprender los grandes
templos góticos: la razón funcio-
nal de muchos de sus componen-
tes, por mucho que su belleza
haga que los contemplemos sólo
en su dimensión estética. Nos re-
ferimos al triforio, esa galería que
recorre el interior de la catedral a
media altura de la nave mayor,
por encima de los arcos que la
unen a las naves menores y por
debajo de los ventanales que la
iluminan. El triforio de la cate-
dral de Burgos es especialmente
hermoso, con multitud de arqui-
Escalera de maitines.
llos y series de cabecitas que lo
jalonan, en una muestra de la va-
riedad de los rasgos humanos que nos recuerda a la escena con la que comienza la novela de Victor Hugo Nuestra Señora de París. La belleza de esta galería no debería hacernos olvidar que se trata de lo que Fitchen ha definido como un andamio permanente, un pasillo de servicios para el mantenimiento de la catedral, cuya recomendable presencia (hay catedrales que no lo tienen) se aprovecha para ornar el templo.
Los triforios son pasadizos horizontales muy estrechos, conectados con el suelo y con las cubiertas por escaleras de caracol dispuestas en puntos estratégicos; la indudable funcionalidad de estas últimas no impide tampoco que su existencia añada gracia y variedad, a través de las torrecillas donde van alojadas y a las agujas que les sirven de remate, al perfil catedralicio.
Al contrario que sus compañeras de Toledo y León, la catedral de Burgos fue un modelo para otras obras surgidas en su ámbito geográfico. La propia ciudad se llenó de parroquias góticas, algunas de las cuales siguen la estela catedralicia, pero el radio de influencia fue mucho más allá: en numerosas poblaciones de la actual provincia burgalesa hay templos góticos hechos con notable ambición y emulando a veces las for-