Catedrales
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CATEDRALES
Córdoba, dio vía libre a la construcción de la nueva catedral. Años después, de paso por la ciudad, el rey vio los efectos de su decisión y no debió de quedar muy satisfecho. La célebre frase que se le atribuye viene a decir que, de haberlo sabido, no hubiese dado su aprobación, porque lo que se erigía podía hacerse en otras partes, y lo que se demolía era, como ya advirtiese el concejo, único en el mundo.
No es raro que el monarca se expresase así, pues al aprecio universal hacia la mezquita se unía el gusto ecléctico de la realeza española. Este gusto, que no extraña en los reyes medievales, lo mantuvieron los primeros representantes de la casa de Austria.Tanto de Carlos V como de Felipe II se conserva la tradición de los elogios que dirigieron a las obras más diversas, con una amplitud de miras que les llevaba a apreciar las pinturas de Tiziano y las del Bosco, y que hizo que el rey que fundó El Escorial quedase pasmado ante la belleza gótica del cimborrio de la catedral de Burgos.
Además de esto, hay que tener en cuenta que lo que vería Carlos V a su paso por Córdoba, en 1526, sería un espectáculo muy poco lucido, con las naves de la mezquita desfiguradas por un boquete andamiado.
La demolición duró casi todo el verano de 1523, y en septiembre comenzó a construirse la nueva catedral, pocos días después de que el obispo que había puesto en marcha la operación,Alonso Manrique, fuese nombrado arzobispo de Sevilla. El proceso constructivo, que duró algo menos de un siglo, tuvo los habituales altibajos. Al principio fue rápido, mientras se mantuvo la tradición cordobesa de la reutilización con las carretadas de sillares que llegaban desde las ruinas de Medina Azahara; luego se ralentizó y se vio aquejado por problemas de financiación e, incluso, amenazas de ruina, y pudo culminarse gracias al cambio de rumbo impuesto a los materiales; así, la catedral comenzada en piedra se acabó con ladrillo estucado, más ligero y barato.
Salvo en la ejecución de las bóvedas de ladrillo y yeso del cimborrio y del coro, concluidas entre los últimos años del siglo XVI y los primeros del XVII por Juan de Ochoa, la realización de la catedral cordobesa estuvo en manos de una estirpe de arquitectos, los Hernán Ruiz, a los que, como si fuesen miembros de un linaje real, debe acompañar el epíteto de primero, segundo o tercero para distinguir al abuelo del hijo y del nieto.Al más brillante de ellos, Hernán Ruiz II, lo trataremos en Sevilla, donde dejó sus mejores creaciones. En Córdoba, Hernán Ruiz I inició la catedral (antes había reformado el patio de los Naranjos), su hijo la continuó y, tras el paréntesis de Juan de Ochoa, el nieto la terminó y construyó el campanario con el que fue coronado el viejo alminar.
El origen cordobés de la familia de arquitectos quizá no sea ajeno al cuidado con el que se enfrentaron a la modificación de la mezquita. Precisamente ellos, ar-