Catedrales
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CATEDRALES
ron una copia en escayola de las portadas en el siglo XIX, destinada al museo Victoria y Alberto de Londres: al arrancar los moldes aplicados a las estatuas y relieves originales, los vaciadores se llevaron una buena porción del color que los caracterizaba.
Aun desprovistos de una parte del color, los santos, ángeles y profetas del pórtico están rebosantes de vida. Los ancianos músicos de la arquivolta (a los que nos referiremos al hablar, en Toledo, de la música catedralicia) no parecen estar sumidos en la interpretación de una pieza, sino en los momentos previos a su ejecución, cuando los músicos armonizan la afinación de sus instrumentos intercambiando miradas y gestos. Una de las conquistas de la escultura medieval es la vitalidad de las imágenes, que consiguen establecer una relación directa con el espectador. Ante las portadas compostelanas no se tiene la sensación de asistir a un encuentro admirable pero ajeno, como ocurriría ante las metopas o frontones de un templo clásico, sino a una reunión en la que estamos invitados a participar. Por su escala mesurada (no es casualidad que la única figura que supera el tamaño natural sea la olímpica y abstraída efigie sedente de Dios Padre) y por su actitud, las imágenes de las portadas nos resultan cercanas; nos atañen sus gestos, su actitud reflexiva y dialogante, y la sonrisa de Daniel nos alegra tanto como la de un afable compañero de viaje. Sorprende de nuevo que las primeras sonrisas del arte —no las comisuras estereotipadas del arcaísmo clásico ni las muecas maliciosas de los sátiros, sino la sonrisa franca y amigable que es-El pórtico de la Gloria.