Catedrales
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SEGOVIA. EL AVE FÉNIX
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Zamora y Segovia comparten con Soria, Salamanca, Ávila y Toro el haber sido repobladas hacia el año 1100 en lo que se denominó parcialmente la «extremadura», una zona de colonización cristiana al sur del Duero que se consolidó a partir de la entrada, en 1085, de los cristianos en Toledo. Por razones cronológicas y litúrgicas a las que aludimos en Jaca, el románico sería el modo arquitectónico que iría a definir la primera fase de esos núcleos, por mucho que varios de ellos mantuviesen improntas, urbanísticas o monumentales, de su pasado romano. En esa lista, Zamora y Segovia coinciden hoy en ser las dos ciudades españolas que mayor número de templos románicos conservan. Las dos erigieron su casco amurallado sobre una emergencia orográfica alargada y flanqueada por algún curso fluvial, y ambas tenían situado en el punto más avanzado o «proa» de ese recinto murado el conjunto donde se congregaban las sedes del máximo poder religioso y civil-militar: la catedral, con su palacio episcopal, y el castillo.
Cuando uno recorre Zamora, normalmente entra en la zona histórica por el este, a través de la calle de Santa Clara, una vía comercial muy modernizada, peatonal y llena de actividad. Flanqueados por edificios recientes, van apareciendo dispersos ante el paseante algunos testimonios de la ciudad antigua: la fachada del palacio de los Momos, muestra del gusto extravagante del último gótico civil, o la iglesia románica de Santiago del Burgo, la única de tres naves de la ciudad (junto con la catedral) cuyo espacio interior no fue unificado en fechas posteriores.A partir de la plaza Mayor, con la restaurada calle de Balborraz precipitándose hacia el río, crece la intensidad; desde ese momento será fácil encontrar antiguas parroquias románicas o algún templo más raro, como la preciosa iglesia de la Magdalena, que tiene la explicación de sus múltiples singularidades en que nunca fue parroquia, sino capilla de los caballeros de la Orden de San Juan.
El paseo por Zamora culminará su crescendo al llegar a la plaza de la Catedral, un edificio pequeño pero llamativo por muchas razones. Su cabecera, reconstruida en tiempos de los Reyes Católicos para dar más espacio al presbiterio, se encuentra perfectamente entroncada con el transepto románico. Sobre las naves se asoma la torre, desproporcionada más por su masa que por su altura, y el cimborrio, una de las piezas maestras del románico europeo, que con su lomo escamado parece un viejo dino-saurio que dormita sobre el templo. La importancia de este cimborrio es mayúscula por tratarse, además, de una obra que creó escuela, ya que fue después copiado en las catedrales de Salamanca y Plasencia, y en la colegiata de Toro; la prueba de que los ciudadanos, cuando hay motivos para el aprecio, son permeables al valor del patrimonio es que Zamora quizá sea la única ciudad en el mundo en la que cualquier