Catedrales
pdf 1426291
458
CATEDRALES
—o, más bien, ordenaba a sus ayudantes que lo hiciesen, pues él no trabajaba el mármol— para que el espectador recibiera sugerencias de las partes toscas del bloque, que contrastaban con las pulimentadas carnaciones de sus figuras desnudas.
Los mismos cuadros del claroscuro barroco, de Ribera a Rembrandt y de Caravaggio a De la Tour, invitan a fantasear acerca de todo aquello que se oculta en las zonas de sombra.
Pero una cosa es que el artista vele o deje sin concluir su obra adrede, como recurso expresivo, y otra que el estado inconcluso se deba a alguna contingencia. Así fue en todos los casos para el desdichado Miguel Ángel, sobre cuyas obras inacabadas se ha creado toda una mitología del non finito. Sin duda alguna, el deseo del escultor hubiese sido acabar y pulir cada una de sus estatuas, pese a que su estado inconcluso inspire todo tipo de arrebatos a los teóricos, que ven a los esclavos miguelangelescos en una pugna heroica por liberarse de la piedra, y cosas por el estilo. Todo esto es comprensible: premeditada o no, toda pieza inconclusa invita al espectador a com-pletarla, y eso siempre es de agradecer, pues estimula la imaginación.Ante la catedral de Plasencia, tenemos la oportunidad de jugar a convertirnos en maestros mayores del siglo XVI, y pensar en cómo podía haberse llevado a término la construcción; un puro ejercicio teórico, ya que no se conocen los planos originales y a día de hoy no sabemos lo que anidaba en la mente de Juan de Álava y sus sucesores. Empero, a muchas piezas inconclusas no se les puede extirpar cierto regusto amargo. La sensación de derrota es inevitable cuando la interrupción de una gran obra se debe a la falta de financiación. A veces los procesos se interrumpen por problemas técnicos, como sucedió en la catedral de Beauvais, o por la muerte del autor o del promotor, pero en Plasencia la interrupción de la formidable catedral renacentista no tuvo más motivos que los económicos.
En todo caso, sean cuales fueren las razones que la han llevado a tal estado, toda obra sin terminar contiene extraordinarios acicates para la inteligencia del espectador, que, por poco inquieto que sea, agradece que no le den todo hecho. Cuando se abandona la infancia y, con ella, la satisfacción tranquilizadora del «colorín, colorado, este cuento se ha acabado», los relatos inconclusos se alían con nuestra imaginación para espolearla hacia terrenos insospechados, al tiempo que constituyen un fiel reflejo de nuestro conocimiento, siempre parcial, de las cosas. Una obra inacabada, en fin (y parece una contradicción que pretendamos dar una conclusión más o menos re-donda a este capítulo), nos implica en los misterios de la creación artística, ya sea la escritura de un poema como el anónimo Romance del conde Arnaldos o de una novela como Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Poe, de una composición como