Catedrales
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CATEDRALES
Pasados estos conflictos, un nuevo prelado habría de dar, con el cambio de siglo, un renovado empuje a la sede compostelana. Diego Gelmírez trabajó para Raimundo de Borgoña, yerno de Alfonso VI, que en 1092 recibió el título de conde de Galicia. Un año después, Gelmírez fue nombrado administrador de la sede episcopal, entonces vacante, y en 1101 consiguió alcanzar el obispado de Santiago. De inmediato renovó la organización eclesiástica de la reciente catedral: amplió el cabildo, envió a algunos eclesiásticos a estudiar a Francia y fundó una escuela catedralicia que sirviese para pulir al embrutecido clero local («unos patanes que no están sometidos a disciplina eclesiástica alguna»); además, estableció un nuevo plan para acelerar las obras de construcción del templo y para darle mayor realce litúrgico, lo que lo llevó a decisiones de todo tipo, desde la confección de un altar de plata y un baldaquino que imitaba lo que había podido ver en Italia, hasta la entrada en Braga para hacerse con nuevas reliquias (esta última operación fue denominada por el prelado «pío latrocinio»).
Perdida la batalla de la primacía contra Toledo, Gelmírez logró llevar a cabo una operación insólita: dado que Mérida —que en tiempos visigodos había sido cabeza de un poderoso arzobispado— seguía dentro de las fronteras andalusíes, reclamó a Roma que la archidiócesis emeritense fuese concedida a Compostela, que de ese modo vio aumentado su poder. Con sus abundantes restos romanos, Mérida recordaba los tiempos en los que fue ejecutada por renunciar al culto politeísta una de las mártires más señaladas de Hispania, santa Eulalia, pero eso no le sirvió para recuperar, tras su reconquista en 1230, el papel episcopal arrebatado en 1120 por el ambicioso prelado gallego. Es más, la ciudad extremeña pasó a convertirse, tras la entrada de los cristianos, en un feudo de la orden militar de Santiago, que antes de instalar su casa madre en Castilla tuvo fuertes vínculos con la iglesia compostelana.
Como promotor de la obra catedralicia, Diego Gelmírez auspició la turbia demolición del sepulcro romano que dio origen al culto jacobeo, respetado por los templos anteriores e incluso por el mismo Almanzor, que había renunciado a violen-tarlo cuando asoló la ciudad. En su lugar erigió el nuevo altar de la catedral, un conjunto riquísimo formado por el ara, que algunos confundían con el propio cenotafio apostólico, el retablo de plata y el baldaquino que los magnificaba. De esa forma, como sugiere el profesor Taín, el sepulcro de Santiago fue sustituido por su figuración simbólica, y entonces comenzó a fraguarse la idea de la existencia de una cripta antigua donde debían de yacer los cuerpos de Santiago y de los dos discípulos, Atana-sio y Teodoro, que lo trajeron hasta Galicia. La excusa para la demolición del edificio romano y la ocultación de su supuesta cripta se sostuvo en el peligro que corría el