Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 297 de 766

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Catedrales

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OVIEDO. TRAS LOS MONTES

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Las valiosas reliquias, enmarcadas por lujosísimas obras de orfebrería y guardadas en la que, siglos más tarde, pasaría a denominarse «Cámara Santa», acabarían por convertirse en el mayor aliciente de la catedral, las que le darían empuje como centro de peregrinación; no obstante, ya en tiempos de la monarquía asturiana guardaban importantes significados políticos. Con Asturias consolidada como territorio generador de la resistencia cristiana, reforzada por las relaciones establecidas con Carlomagno y con la paulatina expansión hacia todo el territorio cantábrico y hacia el sur, algunas de las reliquias ovetenses poseían especiales connotaciones; baste destacar que Oviedo se ufanaba de poseer los restos de dos mártires cristianas de época romana, santa Eulalia y santa Leocadia, que ejercían el simbólico patronazgo de los dos centros civiles y religiosos más importantes de la extinta España visigoda, ambos dominados entonces por los musulmanes: Mérida y Toledo.

LA CATEDRAL DE ALFONSO III

Después de Alfonso II el Casto, que reinaba cuando se descubrió en Galicia la tumba de Santiago el Mayor y que mandó edificar allí el primer templo dedicado al apóstol, los dos monarcas asturianos que han dejado una huella más profunda en el arte y la arquitectura del período que hoy llamamos «prerrománico» son Ramiro I y Alfonso III. De Ramiro I no puede decirse aquello de «por sus obras le conoceréis».

Ante los edificios debidos a su reinado ca-

bría imaginar un alma sensible, y, sin embar-

go, la personalidad del rey fue tremenda-

mente cruel y despiadada. Es una espantosa

ironía que quien edificó, en el palacete de

Santa María del Naranco, los miradores más

bellos de su tiempo recurriese con sus ene-

migos al castigo de cegarles arrancándoles

los ojos.

El reinado de Alfonso III el Magno su-

pone el momento culminante del reino as-

turiano, su período de máxima expansión;

pero, como pasa con toda cumbre, tras él se

inició la caída. En vida de Alfonso, los astu-