Catedrales
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OVIEDO. TRAS LOS MONTES
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Las valiosas reliquias, enmarcadas por lujosísimas obras de orfebrería y guardadas en la que, siglos más tarde, pasaría a denominarse «Cámara Santa», acabarían por convertirse en el mayor aliciente de la catedral, las que le darían empuje como centro de peregrinación; no obstante, ya en tiempos de la monarquía asturiana guardaban importantes significados políticos. Con Asturias consolidada como territorio generador de la resistencia cristiana, reforzada por las relaciones establecidas con Carlomagno y con la paulatina expansión hacia todo el territorio cantábrico y hacia el sur, algunas de las reliquias ovetenses poseían especiales connotaciones; baste destacar que Oviedo se ufanaba de poseer los restos de dos mártires cristianas de época romana, santa Eulalia y santa Leocadia, que ejercían el simbólico patronazgo de los dos centros civiles y religiosos más importantes de la extinta España visigoda, ambos dominados entonces por los musulmanes: Mérida y Toledo.
LA CATEDRAL DE ALFONSO III
Después de Alfonso II el Casto, que reinaba cuando se descubrió en Galicia la tumba de Santiago el Mayor y que mandó edificar allí el primer templo dedicado al apóstol, los dos monarcas asturianos que han dejado una huella más profunda en el arte y la arquitectura del período que hoy llamamos «prerrománico» son Ramiro I y Alfonso III. De Ramiro I no puede decirse aquello de «por sus obras le conoceréis».
Ante los edificios debidos a su reinado ca-
bría imaginar un alma sensible, y, sin embar-
go, la personalidad del rey fue tremenda-
mente cruel y despiadada. Es una espantosa
ironía que quien edificó, en el palacete de
Santa María del Naranco, los miradores más
bellos de su tiempo recurriese con sus ene-
migos al castigo de cegarles arrancándoles
los ojos.
El reinado de Alfonso III el Magno su-
pone el momento culminante del reino as-
turiano, su período de máxima expansión;
pero, como pasa con toda cumbre, tras él se
inició la caída. En vida de Alfonso, los astu-