Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 64 de 766

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Catedrales

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CATEDRALES

Barcelona: ya sea la coronación de Luis XVI en la catedral de Reims o la de Napoleón en la de Milán, en todas ellas se aprecian los balcones altos, a modo de palcos de ópera, preparados para los asistentes de mayor rango. En los casos descritos fueron después desmontados, pues formaban parte de una engalanada tramoya de madera, pero en Barcelona eran elementos del proyecto arquitectónico, y han permanecido en él para ayudarnos a comprender la especial significación de esta catedral catalana.

UN CIMBORRIO PARA EL REY

La mayor singularidad de la catedral de Barcelona es, por lo ya dicho, que no cabe definirla sólo con las descripciones al uso. Lo cierto es que «es una catedral con dos pisos», por lo que no debería reproducirse su planta sin duplicarla, para poder así reflejar esa superposición.

En el piso inferior, a nivel de suelo, el espacio reservado a los oficios solemnes centra la composición. Ese es el núcleo religioso del edificio, delimitado por un presbiterio poco profundo y el coro, que, como ha escrito Navascués al tratar de las catedrales españolas, deja un espacio intermedio para que puedan situarse los fieles. Hacia los pies, el espacio de la nave mayor estaría destinado a los oficios ordinarios, con el antiguo trascoro haciendo el papel que en los monasterios asumía el altar de legos.

Las naves laterales y la girola forman un anillo de circulación y de comunicación con las capillas, que se prolonga de forma fluida hacia el claustro. En este último había un lado dedicado a menesteres colectivos, dirigido uno, funcionalmente hablando, hacia el exterior (comedor de pobres) y otro hacia el mismo cabildo (sala capitular), y los otros tres están cuajados de capillas. Lo que se encuentra a nivel de calle es, pues, la catedral del clero y de los fieles, con zonas delimitadas para cada uno de ellos.

El piso superior lo constituye la amplia galería o tribuna en forma de «U», superpuesta a las capillas de los laterales y de los pies de la catedral. Ese es el espacio que, según nuestra interpretación, estaría destinado a los notables de la ciudad en las ocasiones solemnes. Pero ¿y los propios reyes? ¿Sería sólo la pequeña tribuna lateral del rey Martín, que antes hemos descrito, la que pudiera acogerlos?

Es muy probable que la antigua tribuna llamada del rey Martín fuese el sitio del monarca cuando quisiera asistir a la catedral a título individual (como quien dice, «de incógnito»), pero que en las celebraciones solemnes se reservara para él un lugar específico dentro de la gran tribuna que recorre, a media altura, el interior del edificio.

Y no cualquier lugar: lo más lógico es que se guardase para la Corona el punto prin-