Catedrales
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CÓRDOBA. CIRUGÍA E HISTORIA
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LA INDIGNACIÓN ROMÁNTICA
Mientras personas como Baltasar Devreton y Patricio Furriel se entregaban a conciliar la historia polifacética de la mezquita, ocupados tanto en enriquecer la catedral cristiana como en conservar los elementos más notables de su pasado islámico, comenzaban a pasar por Córdoba personas, especialmente literatos, poco proclives a entender la diversidad que caracteriza el edificio y acrecienta su valor. Desde el siglo XIX, el romanticismo se dejó cautivar por Oriente, visto entonces como una tierra de placeres cuyo perfume perturbador llegaba hasta los países occidentales a través de la reciente traducción de Las mil y una noches, de los relatos de viaje y de las pinturas de quienes, como Delacroix, quisieron acercarse hasta ese mundo de sensua-lidad y ensueño.
Para quien se resistiera a emprender viajes largos y arriesgados, España ofrecía un suelo relativamente civilizado, donde ya no había serrallos pero, al menos, se mantenían en pie testimonios incomparables del dominio y el influjo andalusíes. Muchos extranjeros, sobre todo ingleses y franceses, recorrieron la Península para conocer lo que de oriental (real o imaginado) quedase en nuestro país, y extendieron por el orbe las excelencias de la Alhambra y de la aljama cordobesa. Pero, para esos hombres, la tierra de promisión representada por la España musulmana tenía su contrapeso en la España cristiana, sede del oscurantismo y de la Inquisición. Las maravillosas melodías de Verdi transportaban por toda Europa las leyendas de la España negra a lomos de obras como Don Carlo, y Théophile Gautier dejaba escrito que «siempre he lamentado profundamente que los moros no hayan continuado siendo los dueños de España, la cual, ciertamente, no ha hecho otra cosa que perder con su expulsión».
Como hemos visto, desde un primer momento la inserción de una iglesia cristiana dentro de la mezquita despertó hostilidades, pero, al revés de lo que ocurriría después, las críticas expresadas en el siglo XVI se basaban en cuestiones arquitectónicas, en el dolor de asistir al desgarro de una pieza sin par. Los románticos añadirían a las razones materiales otras de índole conceptual, al entender que la imposición de la catedral era un símbolo de la victoria de la España negra y católica sobre la luminosa y extinguida Al-Andalus.
Los escritores, novelistas y poetas tienen en sus manos un arma de gran alcance, pues su facilidad de expresión y la difusión que suelen adquirir sus obras son incom-parablemente mayores que las del historiador que desee, con medios de mucha menor altura y brillo, rebatir sus argumentos. Gautier escribió que la supuesta diafanidad del espacio de la mezquita fue «obstruida por la iglesia católica, masa enorme clava-