Catedrales
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TOLEDO. UNA ISLA DE PIEDRA
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fecha de 1800, de poner el bro-
che al proceso constructivo de la
catedral con la puerta Llana, un
punto y final neoclásico a un
edificio que desde su fundación,
casi seis siglos antes, había sabido
acoger todos los estilos.
ALREDEDOR
D E L C L A U S T R O
La Toledo alta y amurallada, aun-
que esté rodeada de una vega
cultivada y un caudaloso río, se
encuentra posada sobre un ro-
Puerta Llana.
quedal yermo. No hay intramu-
ros un solo manantial que refres-
que el berrocal que sirve de asiento a la ciudad ni calme la sed de sus habitantes. Para surtir de agua a Toledo, los romanos levantaron sobre el valle del Tajo un acueducto ingente, que debió de iniciar su ruina con la conquista islámica y cuyos parcos vestigios perduran junto al puente de Alcántara y el castillo de San Servando. Mucho más tarde, en el siglo XVI, el inventor Giovanni Torrigiano —cuando llegó a España para servir a Carlos V fue rebautizado, con una pereza hacia la pronunciación de nombres extranjeros típicamente española, como «Juanelo Turriano»— creó en Toledo el Artificio de Juanelo, un sistema mecánico que aprovechaba la fuerza hidráulica para subir agua del río hasta las alturas del alcázar. En el intervalo que media entre la destrucción del acueducto romano y la fugaz existencia del Artificio, la Toledo medieval no tuvo más remedio que acudir al oficio de los aguadores y a la creación de pozos y aljibes excavados, que podían proveerse del agua de lluvia que caía, al igual que en los impluvia romanos, desde los tejados a los patios. La abundancia de construcciones enterradas, muchas de ellas antiguos aljibes, forjaron el mito del Toledo subterráneo como una segunda ciudad oculta y llena de secretos, donde podía enmarcarse la existencia de las míticas cuevas de Hércules que hoy, a punto de ser recuperadas bajo el callejón de San Ginés, se muestran como depósitos de agua de la antigua Toletum.