Catedrales
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CATEDRALES
Aunque su motivación sea di-
ferente, hay razones para afirmar
que, entre las calles cubiertas de la
ciudad, la más importante y anti-
gua es la nave del crucero de la ca-
tedral. En multitud de iglesias, las
puertas dispuestas a ambos lados
del crucero eran utilizadas como
atajo urbano, por el que atravesa-
ban quienes deseaban ir de un ba-
rrio a otro sin tener que rodear los
templos. Antiguamente, las naves y
las galerías del claustro eran lugares
de tránsito, donde sólo las celebra-
ciones religiosas impondrían, de
forma intermitente, las restriccio-
nes oportunas. Imaginando una ca-
tedral con todas sus puertas abier-
tas, nos podremos hacer una idea
de ciertos usos desaparecidos. En la
fachada principal, la puerta central
es la del Perdón, nombre y función
repetido en otras catedrales; con
Cobertizo de las Doncellas, a partir de Cuadrado sus batientes abiertos, el fiel que
y De la Fuente.
pasaba por la plaza sin tiempo para
detenerse hacía un gesto hacia el
altar del trascoro, visible al fondo de la nave mayor: el perdón equivalía, por lo tanto, al que podía obtenerse del amago de genuflexión o del breve rezo que los viajeros hacían ante los humilladeros (capillas pequeñas, abiertas por un lado y sin culto) que flanqueaban los caminos. Por suerte, no existen en la actualidad filas de pobres al umbral de la puerta del Mollete, junto a la torre, llamada así por la pieza de pan que se daba ante ella a los menesterosos. El episodio del escudero, en el La-zarillo de Tormes, da cuenta de la vida paupérrima que podía llegar a existir, pareja a los fastos de la Iglesia y de la nobleza, en la que se pretendía capital del imperio, y La catedral de Vicente Blasco Ibáñez testifica que hace un siglo seguían concen-trándose allí los mendigos.