Catedrales
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INTRODUCCIÓN
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ción leonesa) episcopales; el trozo de muralla urbana conservado y defendido por el cabildo; y, siendo justos, también el territorio, organizado mediante las correspondientes parroquias agrupadas en arcedianatos, cuya explotación proporcionaba a la catedral una parte de las imprescindibles rentas; porque la catedral también era, a través del territorio situado bajo su gobierno —la diócesis—, la pieza fundamental por la que la Iglesia percibía impuestos y participaba, gracias también a la implicación personal (y a los intereses cruzados entre monarquía e Iglesia) que los reyes tenían en su construcción y mantenimiento, del gobierno. De hecho, la actual división por provincias data de 1833; antes eran las diócesis las que señalaban con mayor definición las lindes territoriales.
Además de su condición de templo, la magnificencia de las catedrales se explica en buena parte por su papel como sedes de gobierno; el cambio hacia los regímenes contemporáneos, que en España no llegaría hasta el siglo XIX, mantuvo el principio de revestir con un aspecto monumental los órganos de gobierno, desde el senado y el congreso de los diputados (que no pocas veces se instalaban, al principio, en iglesias desacralizadas) a las sedes provinciales de las diputaciones. El poder resulta bien poca cosa sin una arquitectura que lo legitime y sin una liturgia que lo eleve a ojos de los hombres comunes, y a ese respecto cualquiera de los poderes actuales (político, judicial o militar) conserva una prosopopeya ritual que, muchas veces, puede hacernos recordar aquellos actos que envolvían la actividad del antiguo clero catedralicio. La gestión del territorio no se limitaba, como en cualquier gobierno, a la recaudación impositiva: las catedrales gestionaban hospitales y otras obras pías, pero también organizaban los estudios locales (origen de las universidades), promovían la construcción de carreteras y puentes y, muchas veces, dominaban el panorama inmobiliario de la ciudad en la que estaban asentadas.
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Se ha dicho que no puede haber ciudad, en la acepción medieval del término, sin catedral y sin muralla. Madrid no tuvo catedral hasta hace bien poco (y, visto el resultado, mejor hubiera sido que continuara sin ella), pero es algo que comparte con otras capitales provinciales. Las diócesis elegían su emplazamiento por diversos motivos, entre los que no era el menor el haber tenido obispado, interrumpido a veces por el período andalusí, en los tiempos primitivos posteriores a la romanización o en los de la primera unificación del territorio bajo la fe cristiana, con los visigodos. Por eso hay catedral en un núcleo muy pequeño como El Burgo de Osma, heredero de