Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 176 de 766

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Catedrales

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GRANADA

LA CIUDAD TRANSMUTADA

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1. Presbiterio-rotonda

2. Coro (destruido)

3. Puerta del Perdón

4. Torre

5. Fachada principal

6. Capilla real

7. Lonja

8. Sagrario

9. Sacristía-museo

Con las excepciones que todos conocemos,hay que admitir que los artistas españoles no han tenido mucha suerte con eso que llamamos

«posteridad». Pensándolo mejor, los que han padecido peor fortuna han sido los escultores, ya que las excepciones susodichas incumben sólo al gremio de los pintores. Cualquier extranjero medianamente instruido co-nocerá los nombres de Goya , del Greco, de Velázquez, no digamos de Picasso; pero

¿quién será capaz de citar ni uno sólo de los escultores que (antes del mediático Chillida) ha dado nuestro país? Incluso entre nuestros paisanos, serán muchos los que no puedan ir más allá de Berruguete y Salzillo, quizá Gregorio Fernández si el interrogado es de Castilla, Martínez Montañés si de Alcalá la Real o Sevilla… En suma, quienes llevaron a cabo sus obras en un ambiente donde flotaba el valor postrero de la fama, no la fama inmediata y de rápida caducidad que hoy conocemos, sino la que declamaba para la eternidad y con acompañamiento de trompetas los nombres de los favorecidos por ella, han logrado al fin, con suerte, ser una marchi-ta gloria local y el objeto de estudio de algún recóndito erudito.

De un tiempo a esta parte, la historiografía va ampliándose, y al menos iremos sabiendo de verdad quién fue el autor de cada obra, no como en el siglo XVIII, cuando en sus crónicas de viaje el ilustrado Antonio Ponz tenía por costumbre atribuir a Alonso Berruguete cualquier buena escultura que encontrase en cualquier retablo de cualquier iglesia castellana. Los escultores españoles se suben poco a poco al lento tren de la historia del arte, pero hace mucho tiempo que perdieron otro: el de la leyenda. Donatello, Brunelleschi o Rafael estarán para siempre revestidos con el prestigio del mito, fraguado a veces ya entre sus contemporáneos, un prestigio que nunca logrará ser desbancado por los estudios más documentados y sesudos. Para que exista la leyenda del artista, mucho más —sobre todo últimamente— que la calidad de su obra, es imprescindible que se sepan episodios más o menos singulares de su vida y que se conozca su aspecto físico. Conscientes de esto último, los artistas italianos (y otros foráneos, como Durero) dejaron, desde tiempos de Giotto, un cla-