Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 579 de 766

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Catedrales

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CATEDRALES

la presencia en ellos de tratantes de toda índole. La intersección entre actividades religiosas y civiles se palpaba asimismo en el corral de los Olmos, un espacio cercado, heredado de la vieja mezquita, que pervivió junto a la capilla real hasta finales del siglo XVIII, y donde el cabildo tenía alquilado al Ayuntamiento de la ciudad un lugar donde celebrar sus juntas concejiles.

LOS DIOSES DEL ARZOBISPO

En otros capítulos del libro, como los dedicados a León y Segovia, nos hemos referido a los barrios donde vivían los canónigos como parte integrante del conjunto catedralicio, aunque estén fuera del templo al que hoy asignamos en solitario el nombre de «catedral». En Sevilla, la canonjía estuvo hasta el siglo XIX en la zona de la calle Abades, al lado de otro elemento fundamental del complejo catedralicio, el palacio arzobispal.

Las viviendas del arzobispo y de los canónigos eran vecinas al templo, y por eso es más fácil relacionarlas como partes de un conjunto homogéneo, mas, como ya apuntamos en la introducción, la estructura catedralicia comprendía otros elementos, a veces físicamente alejados del edificio que los preside y aglutina. Ejemplo de esto son las residencias suburbanas que poseían los prelados, como cualquier miembro de alto rango en la sociedad del antiguo régimen, para la explotación agrícola y el disfrute personal.

En España quedan muchos de esos palacios episcopales alejados del centro de gobierno de la diócesis, inexplicables hoy si desconocemos su relación con la red de posesiones que la catedral tuviese dentro del territorio diocesano: recordemos ahora la casa del obispo de Cuenca en Pareja, el castillo de La Pelegrina, perteneciente al obispado de Sigüenza, la fortaleza del prelado de Segovia en Turégano o, mucho más antiguo, el palacio fortificado del obispo de Gerona en La Bisbal, que en su aspecto actual se asemeja a los palacios torreados que presiden las plazas públicas de la Toscana italiana.

La catedral de Sevilla poseyó, desde los tiempos de Alfonso X, el señorío de Umbrete, a unos quince kilómetros de la capital, con una granja dedicada a la explotación agrícola. Con el tiempo, la posesión fue delimitando una zona para convertirla en casa de descanso y recreo, definida en el período barroco como un verdadero palacio, unido a la iglesia local por un arco que permitía al prelado pasar de un edificio a otro por las alturas, sin pisar la calle.Tras un incendio, el palacio de Umbrete se definió en su forma actual en el último tercio del siglo XVIII. Su aspecto es el usual en las grandes residencias andaluzas, con una fachada monumental y un patio porticado,