Catedrales
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OVIEDO. TRAS LOS MONTES
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pués, pues dotaban al edificio de posibilidades de circulación muy ventajosas y de nuevos puntos para emplazar sepulcros y altares. En esa misma centuria se erigió la capilla de Santa Bárbara, un espacio barroco muy ornamentado cuya misión, afortunadamente in-cumplida, era sustituir a la antigua Cámara Santa como lugar para alojar el tesoro.
En el siglo XVIII se multiplicó la adición al cuerpo medieval de la catedral de nuevas capillas barrocas, a cual más grande y aparatosa. En todas estas capillas se advierte lo que podríamos llamar «el orgullo del cantero», la demostración de un oficio que en los territorios del norte, con
la Trasmiera como punto de refe-
rencia, contaba con una profunda
tradición. Los componentes de ese
refocilamiento canteril son la omni-
presencia pétrea, la negación a dejar
paso a enlucidos y policromías que
aligeren el aspecto de unos interiores
dominados por la piedra y la explo-
ración, a veces gratuita, de las formas
tallables, acompañada muchas veces
de una clara torpeza a la hora de la-
brar motivos genuinamente escultó-
ricos. De esto último son un claro
ejemplo los medallones de las pechi-
nas de la barroca capilla del Rey Cas-
to, con burdas efigies de reyes a los
que Cavanilles denomina «una espe-
cie de caricaturas». Este autor des-
cribe con argumentada inquina los
detalles de esta «nefanda obra», «abe-
rrante construcción» que cuando es-
taba a medio concluir aplastó a tres
oficiales por fallos en la construcción
y que remató el «mal gusto» con el
que se hizo inscribiendo en lugar vi-
sible y en letras perennes los ducados
que había costado: «Sólo faltaba po-
ner el precio, y lo pusieron».
Capilla mayor, con el retablo.