Catedrales
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CATEDRALES
la princesa prometida a Fernando III de Castilla. Sólo dos años después de oficiar la boda real en la catedral románica de Burgos, Mauricio inició la renovación del templo a la manera francesa. Es sintomático de lo que hemos dicho antes que en 1230, sólo nueve años después de comenzarse la catedral burgalesa, Mauricio declarase que el cabildo tomaba posesión del nuevo coro: en fechas tan tempranas faltaba mucho para que el edificio estuviese concluido, pero su núcleo solemne (altar mayor y coro), que es lo que en puridad debe llamarse «catedral», podía darse por concluido y, como tal, ser usado.
GALERÍAS DE REYES
Si la primera catedral fue erigida gracias a las donaciones de Alfonso VI, la catedral gótica que la sustituyó salió adelante con el apoyo de Fernando III y, después, de su hijo Alfonso X. Eduardo Carrero ha identificado la escena representada en uno de los pilares del claustro como la colocación de la primera piedra de la iglesia gótica, una ceremonia presidida por el rey Fernando y el obispo Mauricio. En el mismo claustro, las bellísimas esculturas de un rey ofreciendo el anillo a su esposa debieron de ponerse como recuerdo de la mentada boda real.
Además de las efigies del claustro, en la catedral de Burgos hay dos series escultóricas que recuerdan la implicación real en la empresa catedralicia: se trata de sendas galerías de reyes, dispuestas sobre la fachada principal —que antes se llamaba «real» y que era, según dijo Alfonso X, el lugar por el que los monarcas entraban a la catedral— y sobre la norte, denominada de los Apóstoles o de la Coronería. Estas de Burgos son las únicas galerías de reyes que hay en las catedrales de nuestro país, junto con la conservada en la de Ciudad Rodrigo y la que, muy posiblemente, se proyectó para la puerta de Sant Iu de la de Barcelona; las burgalesas se convierten así en un eco de las célebres galerías de reyes que caracterizan a las principales catedrales góticas francesas: París, Chartres, Reims y Amiens. En Burgos, fuera de la boda citada, no fueron muy frecuentes las grandes ceremonias ligadas a la realeza —con excepciones como la boda del hijo de los Reyes Católicos, el infante don Juan, con Margarita de Austria en 1497—, por lo que la nutrida presencia de emblemas regios en la catedral (estatuas, relieves, escudos de Castilla y León…), así como la consideración de los monarcas como miembros del cabildo catedralicio, puede deberse, como indica la profesora Iglesias, al permanente patrocinio real y al carácter de la ciudad como corte castella-