Catedrales
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CATEDRALES
latada historia al mismo tiempo que el ámbito urbano donde se enclava llegaba al colofón de su grave y también prolongada crisis.
MEDITACIONES A LAS PUERTAS DE UNA CATEDRAL
¿Qué ocurrió una vez pasada la larga y costosísima restauración de la seo? Concluidas las obras, la Iglesia guardó las llaves del templo y retomó el gobierno del edificio.
Un edificio que, huelga decirlo, había sido rehabilitado en su mayor parte gracias a los desembolsos estatales. Desde hace siglo y medio es el Estado el que sostiene los antiguos templos, el que envía sus técnicos y el que costea la mayor parte de las obras. No hay nada que objetar: la construcción de las catedrales e iglesias parroquiales fue posible en su día gracias al esfuerzo de toda la sociedad, que cuando no contribuía a través del pago de impuestos, hacía donaciones de bienes y terrenos o participaba directamente en las obras, con sus propias manos o prestando desinteresadamente sus herramientas, carruajes y bestias de carga. La restauración monumental de estos bienes en la actualidad vendría a ser la evolución natural de esta tradición: ya no son los reyes sino los organismos oficiales los que costean parte de las obras, que son encomendadas (al menos, teóricamente) a los técnicos más cualificados.
Como hemos visto a lo largo del libro, esa implicación colectiva en la creación y mantenimiento de los templos tenía sus contrapartidas. La Iglesia los gobernaba y usaba sus espacios más solemnes, pero el resto de la sociedad participaba también en el funcionamiento de esa gran máquina que centraba, en muchos aspectos, la vida diaria. La catedral suponía una prolongación del espacio urbano, donde tenían lugar todo tipo de actividades, aparte de las propiamente litúrgicas. Hay que insistir en que uno de los aspectos clave de las catedrales era la apertura de todas sus puertas, por las que cruzaba de un lado a otro quien lo deseara, sin detenerse a lo mejor más que un momento ante el altar del Perdón, o al encontrarse por las naves con algún conocido. Hoy, para acceder a la seo de Zaragoza tenemos dos posibilidades: abonar la entrada (en ocasiones el pago se denomina «donativo» para evitar impuestos) o asistir a misa. En el primer caso se nos hará entrar por la puerta de atrás; en el segundo, un vi-gilante fiscalizará nuestro aspecto, no vaya a ser que queramos aprovechar los oficios para ver el templo sin pagar. El escritor Julio Llamazares ha descrito hace poco esa doble experiencia, la de un edificio que es museo por la mañana e iglesia por la tarde, «como esos bares que a cierta hora del día cambian de iluminación y se transforman en pubs nocturnos sin dejar de ser como eran». Puede parecer una comparación