Catedrales
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BARCELONA. LA CATEDRAL BIPOLAR
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que ir a ver, exiliado de su lugar natural, a la cercana y no precisamente bella iglesia de Sant Jaume.
Al menos, estas pérdidas son en buena parte reversibles: ¡qué bueno y ejemplar sería devolver a su lugar las piezas (la carassa, las puertas del órgano, el retablo, el respaldo de la cátedra…), que no
fueron arrancadas, como las es-
culturas del Partenón, por un
lord Elgin, sino por las autori-
dades locales, culturales y ecle-
siásticas! De lo que no cabe
duda es de que la de Barcelona
sigue siendo una catedral viva y
vivida, transitada gozosamente
por ciudadanos y visitantes, que
se mezclan en el bullicioso
claustro dedicando cirios a los
santos y ofreciendo pan a las
ocas del estanque. Lo mejor de
la Edad Media sigue presente
allí, en esa mezcla desprejuiciada
que hace convivir sin estriden-
cias los símbolos religiosos con
los signos gremiales, y los ceno-
tafios de los obispos —entre
ellos el de Gurb, nombre que
Eduardo Mendoza elevó a los
altares de la más humorística
ciencia-ficción— con el de An-
toni Tallander, llamado Mossèn
Borra, que con su efigie yacen-
te de bronce es, seguramente, el
bufón de corte que ha llegado a
lograr mayor dignidad en la
forma y lugar de su sepultura.
El retablo mayor, antes de su traslado.