Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 347 de 766

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PALMA DE MALLORCA. LA SEO DEL MEDITERRÁNEO

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vez de limitarse, como la mayoría de los escultores actuales, a dar instrucciones a los operarios que crean físicamente la obra. Sin embargo, esta cualidad de Barceló como artista directo quizá no juegue esta vez en su favor: contemplando la capilla de Palma, uno se inclina por dar más valor a alguno de sus pequeños y luminosos apuntes, realizados con acuarela en una aldea africana, que a la escala monumental del mórbido mural palmesano, inevitablemente achicado (no sólo en cuanto al tamaño) en comparación con la grandeza física y conceptual del templo en el que se engloba.

A pesar del reconocido talento de Barceló y de que su aportación a la catedral de Palma funciona como uno más entre los retablos barrocos que pueblan varias de las capillas de la catedral, la ocasión nos permite recordar la dificultad de insertar arte moderno en estos ámbitos seculares. Salvo rarísimas excepciones, como los frescos de Vázquez Díaz en La Rábida o los murales de Alcorlo en una ermita clasicista de Leganés, las creaciones actuales tienen poca fortuna a la hora de integrarse en una iglesia antigua. Los resultados suelen ir desde la distorsión chillona de las vidrieras de Torner en la catedral de Cuenca hasta las relamidas representaciones del nuevo mar-tirologio, deudoras de la estética de los cuadernos escolares de posguerra, que cuelgan desde hace unos años en la de Valencia.

Otra cosa es la integración (a veces, concebida al unísono) de las obras en una arquitectura de nueva planta.Algún templo moderno ha sabido incorporar con acierto la escultura, como el poderoso friso de Oteiza en Aránzazu o los torturados bronces de Subirachs en la leonesa Virgen del Camino; pero las obras de este último en Poblet o en la Sagrada Familia de Barcelona revelan la dificultad que ese mismo artista ha encontrado al trabajar para edificios concebidos con anterioridad. En general, puede decirse que si la arquitectura moderna ha creado verdaderas obras maestras en forma de templos, la inclusión en ellos de pinturas o esculturas de carácter religioso posee muchos menos capítulos felices. Un inevitablemente apesadumbrado paseo por el interior de la catedral madrileña de la Almudena supone, para cualquier alma sensible, una verdadera exposición a los horrores que está produciendo el moderno

«arte» devocional, emparentable en cierto modo con la sustitución en nuestras iglesias de la antigua música sacra, Bach incluido, por la de los voluntariosos muchachos de la guitarra.

La obra de Barceló en la catedral de Palma ha cumplido (gracias a sus valores pero, sobre todo, a la masiva cobertura mediática) con el objetivo de atraer nuevos visitantes a la catedral, objetivo que, una vez más, queda dentro de la tradición: desde siempre, los templos han hecho alarde de reliquias milagrosas u otros elementos atractivos para quienes pudiesen dejar en ellos sus ofrendas, convertidas hoy en el abono