Catedrales
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CATEDRALES
El caso es que a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX cayeron recintos murados de una significación y una monumentalidad extremas, como los de Barcelona y Sevilla. En Valencia se conservan dos puertas, consideradas hoy entre los máximos tesoros de la ciudad, pero pocos parecen recordar que el que sea posible todavía contemplar las torres de Cuart y de Serranos (esta última, quizá la puerta de muralla más imponente de toda la Edad Media) responde a su uso reciente como presidio.
En las decadentes capitales castellanas y leonesas, la situación de las murallas al llegar la Edad Contemporánea fue variopinta. En Segovia y León se destruyeron las puertas, pero quedaron en pie la mayor parte de los muros; en Salamanca, Soria,Valladolid o Palencia apenas se respetó nada; en Burgos y en Zamora pervivieron buenos tramos en zonas entonces marginales y se perdieron los lienzos y puertas que se dirigían hacia los ensanches modernos. Mientras tanto, el consistorio de Ávila, incapaz de acometer el correspondiente derribo, puso la piedra de sus murallas en venta, como siglos atrás había hecho el concejo con ciertas defensas (las barbacanas del lado este) que habían quedado en desuso. Esto quiere decir que aquel que anduviese necesitado de piedra para sus obras particulares, en vez de irse a una cantera, podía desmontar, cual roedor litófago, la parte de la cerca medieval que más conviniese a sus intereses.
La suerte para todos, para los que de algún modo viven de la fama cobrada luego por las murallas de Ávila y para los que simplemente disfrutamos contem-plándolas, fue que no hubo solicitudes para proveerse de piedra a costa de la fortificación medieval. El hoy célebre monumento sobrevivió al que hubiera podido ser el más letal, aunque incruento, ataque de su larga historia, defendido por las imbatibles armas de la pobreza y la indiferencia.Y aún hubiese podido rozarle después algún otro envite: en unos años en los que se iniciaba una política seria de valoración del patrimonio, la década de los treinta del pasado siglo, en la cercana Madrigal de las Altas Torres (cuna de Isabel la Católica) el alcalde, según nos ha referido el profesor Gutiérrez Robledo, no encontró mejor modo de justificar un subsidio y de entretener a los desempleados del lugar que ponerlos a echar por tierra, sin aprovechamiento alguno, los muros medievales que cercaban la villa. Así de poco lucidos son, en muchas ocasiones, los hechos de la historia: las fortificaciones se mantuvieron a veces no por su solidez, sino por el desdén e inanidad de quienes habían de derribarlas, y si fueron demolidas pudo ser debido no a heroi-cos hechos de armas, sino a la improductiva y subvencionada labor de unos cuantos desocupados.