Catedrales
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TOLEDO. UNA ISLA DE PIEDRA
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AGUA Y PIEDRA
Construida la catedral, las casas volvieron a apiñarse de inmediato junto a ella, «como si la ciudad oriental y mudéjar hubiera tomado luego venganza y hubiera ocultado, con su abigarrado caserío, la insolente fábrica», según Fernando Chueca. El ladrillo siguió siendo utilizado en las construcciones toledanas medievales y la piedra sólo se retomó para obras del máximo rango, como San Juan de los Reyes o la tardía cabecera de la iglesia de San Andrés, islotes que respondían de algún modo a la magnificencia de la catedral y que conformaron un archipiélago de piedra en un encrespa-do mar de ladrillo.
Pero la mejor respuesta a la excepcionalidad pétrea de la catedral durante la Edad Media está abajo, junto al río, que tras abandonar la ciudad corría, otra vez en palabras de Garcilaso, «regando los campos y arboledas / con artificio de las altas ruedas».Ya no quedan molinos ni azudas cuyas ruedas giren accionadas por la corriente del Tajo, pero para completar la visita a Toledo es preciso acercarse hasta sus orillas, mejor si es junto a alguno de los saltos de agua donde el sonido de la corriente reverbera, como lo hacía la música en el interior de la catedral, en los cortados rocosos que la flanquean. En Oviedo y Plasencia nos hemos referido a la labor de los prelados promo-cionando obras públicas, caminos y puentes que eran proyectados muchas veces por los maestros que trabajaban para la catedral. El mismo arzobispo que inició el claustro catedralicio de Toledo, Pedro Tenorio, y seguramente el mismo arquitecto, Rodrigo Alfonso, erigieron el puente de San Martín, que salva el Tajo allí donde abandona la garganta berroqueña que rodea a Toledo y vuelve a su curso normal, lamiendo en su orilla norte la vega arcillosa. La construcción del puente fue motivada, según parece, por la ruina de otro más antiguo, destruido por una violenta riada, y para establecer un paso más cómodo que el ofrecido por el puente de barcas que partía del inmediato torreón denominado Baño de la Cava. El arco central del puente de San Martín, en cuya clave figura en relieve el arzobispo que promovió la obra, es una proeza constructiva: con casi cuarenta metros de luz, él solo cubriría un tercio de la longitud de la gigantesca catedral que estaba siendo levantada al mismo tiempo más arriba.
Nos gusta pensar en el arquitecto que, por encargo del arzobispo, se vio abocado sin saberlo a retomar con sus trabajos en Toledo el hecho geológico primigenio, que no es otro que la lucha del agua con la piedra. En el claustro de la catedral, además del agua inmóvil y benéfica de los aljibes, se encuentra la humedad que mina los cimientos, areniza los sillares y desprende las pinturas murales; junto al puente está el