Catedrales
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CATEDRALES
El edificio que denominamos catedral es, en principio, un ámbito que rodea a un asiento, la cátedra (de ahí el nombre de «catedral» o, en catalán, seu, de «sede»); en ese ámbito están a su vez organizados distintos asientos subordinados al principal. Cabe pues comenzar estas líneas con la extraña pero verdadera afirmación de que la forma de la catedral es, en primer lugar, una consecuencia de la dignidad con que puede ser revestido el hecho de sentarse.
Para seguir enunciando el germen de la catedral, puede decirse que a la sucesión de lugares concebidos para acoger la posición estática de personas que se posan en diferentes asientos (la cátedra del obispo, los sitiales de los canónigos en el coro o en el banco corrido de la sala capitular) se añaden otros concebidos para propiciar la acción de caminar. No es posible entender un espacio catedralicio sin conocer antes que su misión era alojar algunas actividades sedentarias (los cantos del coro, las discusiones del cabildo) y otras dinámicas, como las procesiones que solían recorrer las naves laterales, el deambulatorio o las galerías del claustro.
Toda esta prosopopeya iba acompañada del arte que mejor sirve para exaltar los sentimientos: la música.A los órganos monumentales situados sobre las sillerías corales se añadían los órganos positivos o transportables, los cantos del coro con las voces va-roniles de los canónigos siguiendo los misales posados sobre los facistoles, las voces blancas de los niños y el acompañamiento instrumental de los ministriles, músicos seculares a sueldo, que se situaban a veces en las tribunas ubicadas sobre el trascoro.Ante esto, quizá empiece a comprenderse de otra manera la amplitud del espacio de la catedral: las naves eran, con sus imponentes alzados, inmensas cajas de resonancia que multiplicaban los sonidos de las voces y los instrumentos. A ese culto solemne se ad-juntaba el culto ordinario que se celebraba en el trascoro o en las capillas, que solían estar costeadas por nobles o reyes que las erigían como emplazamiento de sus sepulcros, o bien por gremios que las usaban también como sede social de sus reuniones.
Esa es la iglesia catedralicia, que no la catedral, porque una catedral no se acaba en el perímetro del templo, generalmente grande, que identificamos como tal. A las dependencias anexas (claustro, sala capitular, sacristía, librería, archivo, cerería, capillas, audiencia, vivienda del campanero…) hay que sumar el barrio donde vivían los canónigos, rodeado en ocasiones por una cerca propia, así como el cementerio donde eran enterrados; el hospital o el comedor de caridad gestionado por el cabildo; la residencia-escuela de los niños del coro; el palacio del obispo, unido en ciertos casos a la catedral por un pasadizo elevado y en el que se disponían habitaciones, oficinas y capillas, pero también salones para recepciones y banquetes, cuando no estancias para alojar visitantes ilustres; la cárcel y hasta el baño ( balnearium, lo llama la documenta-