Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 525 de 766

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CATEDRALES

Todo ese esfuerzo colectivo hace aún más triste que, en la actualidad, para acceder a una catedral en la que las personas comunes tuvieron una participación tan grande y tan directa, no pueda entrarse sin abonar antes la entrada en las taquillas instaladas en el cortavientos de la puerta de San Frutos.

LA SAGA DE LOS JUANES

«Juan» fue un nombre muy común en la España de los siglos XV y XVI, pero alrededor de la catedral de Segovia se vino a congregar en ese tiempo un verdadero cónclave de Juanes, lo que nos sirve de excusa para hacer alusiones a la catedral a través de unas pocas y breves referencias biográficas.

Juan Arias Dávila fue nombrado obispo de Segovia en el año 1461, y se distin-guió por su deseo de engrandecer la catedral románica mediante la construcción de nuevos elementos góticos, acordes con el tipo de arquitectura que entonces imperaba en Castilla. Arias Dávila procedía de una familia de judíos conversos, y al final tuvo que exiliarse a Roma, donde murió, pues la situación en Segovia, con investigaciones inquisitoriales abiertas hacia sus antepasados, le hacía temer por su seguridad. Era un hombre muy culto, lo que se reflejaba en su nutrida biblioteca; él fue quien encargó en 1472 a otro miembro de nuestra casual saga, el impresor Juan Paris, la confección del Sinodal de Aguilafuente, la primera obra hecha en España con las entonces novísimas técnicas de la imprenta (el taller estaba instalado en una casa de las Canonjías). Otro encargo de Arias Dávila, esta vez de tipo arquitectónico, fue el de un nuevo claustro para la desaparecida catedral románica, obra que se encomendó a Juan Guas.

Juan Guas es el arquitecto más representativo de la Castilla de los Reyes Católicos. Trabajó para la nobleza y la Corona, y así son obras suyas algunos de los mejores y más espectaculares edificios de la época, entre los que destacan el convento franciscano de San Juan de los Reyes en Toledo y el palacio del Infantado de Guadalajara. En Segovia, Guas intervino en fundaciones religiosas como los monasterios de la Santa Cruz y del Parral y en la ya referida torre de Juan II para el alcázar, además del claustro catedralicio. Cuando los comuneros, comandados por Juan Bravo, se atrincheraron en esa catedral, el claustro de Guas debió de resultar poco dañado. Su traslado hasta el emplazamiento del nuevo templo, al que nos referiremos enseguida, fue dirigido por otro Juan, el abulense Juan Campero, que trabajó como aparejador de Juan Gil de Hontañón en Salamanca y que ade-