Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 106 de 766

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Catedrales

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BURGOS. UNA HISTORIA DEL GÓTICO

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página tras página, como una recalcitrante mancha de grasa, hasta el volumen curri-cular más grueso e intachable.

El último capítulo de este desaguisado se escribió hace muy poco. Las portadas laterales fueron rehechas antes, a mediados del siglo XVII, en un estilo barroco al que se deben los mediocres relieves de los tímpanos y que incluiría una pátina rojiza. Durante la reciente restauración, bastó descubrir restos de esa pátina en una de las portadas laterales para que los restauradores se lanzaran a repintar las tres portadas, las barrocas de los lados (que sí tuvieron pintura) y la neoclásica del centro. Evidentemente, esta última jamás poseyó color, cosa que un neoclásico vería como una aberración, al menos hasta que el descubrimiento posterior de que los edificios griegos y romanos estaban pintados le hiciera cambiar de opinión. Si un día volviesen por Burgos los fantasmas de los responsables de la portada neoclásica de la catedral, suponemos que no podrían evitar asomarse, como todos los asesinos, al lugar del crimen; entonces descubrirían con estupor que su obra había enrojecido, tal como se ruborizarían en su día, y no de frío, las caras de quienes emborronaron para siempre la que llegó a ser una de las cumbres del arte medieval.

LOS PECADOS DEL PURISTA

El orden alfabético, que intentaremos utilizar a nuestro favor a lo largo del libro, nos juega ahora una mala pasada: el lector debería trasladarse en este punto al final del capítulo dedicado a la catedral de León, donde se encontraría en calidad de aprendiz con el que llegaría a convertirse en uno de los personajes clave de la restauración monumental en España,Vicente Lampérez y Romea, el mayor defensor en nuestro país de la restauración en estilo, promulgada en Francia por Viollet le Duc. Consistía tal restauración en dejar los monumentos no en su realidad material, sino en un estado dictado por los ideales estilísticos. Tal como decía Viollet, había que dejar los edificios no como eran, ni siquiera como pudieron ser en el pasado, sino como deberían haber sido.A nuestro Lampérez (que aplicó también sus vastos conocimientos al estudio de la arquitectura histórica, sobre la que hizo valiosas aportaciones bibliográficas) le traicionaba el subconsciente: hasta la firma, estampada en alguno de sus notables dibujos, se parecía a la del francés Le Duc.

El contrapeso a Lampérez lo puso otro arquitecto, Leopoldo Torres Balbás, quien defendía no la restauración que dejaba los edificios como nuevos (y, si hacía falta, los inventaba), sino la conservación científica, que debía dedicarse a consolidar lo exis-